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LA ILÍADA

los bajeles, por oir las amenazas de un teucro; id adelante y animaos mutuamente por si Júpiter olímpico, fulminador, nos permite rechazar el ataque y perseguir á los enemigos hasta la ciudad.»

277 Dando tales voces animaban á los aqueos para que combatieran. Cuan espesos caen los copos de nieve cuando en el invierno Júpiter decide nevar, mostrando sus armas á los hombres; y adormeciendo á los vientos, nieva incesantemente hasta que cubre las cimas y los riscos de los montes más altos, las praderas cubiertas de loto y los fértiles campos cultivados por el hombre; y la nieve se extiende por los puertos y playas del espumoso mar, y únicamente la detienen las olas, pues todo lo restante queda cubierto cuando arrecia la nevada de Júpiter: así, tan espesas, volaban las piedras por ambos lados, las unas hacia los teucros y las otras de éstos á los aqueos, y el estrépito se elevaba sobre todo el muro.

290 Mas los teucros y el esclarecido Héctor no habrían roto aún las puertas de la muralla y el gran cerrojo, si el próvido Júpiter no hubiese incitado á su hijo Sarpedón contra los argivos, como á un león contra bueyes de retorcidos cuernos. Sarpedón levantó el escudo liso, hermoso, protegido por planchas de bronce, obra de un broncista que sujetó muchas pieles de buey con varitas de oro prolongadas por ambos lados hasta el borde circular; alzando, pues, la rodela y blandiendo un par de lanzas, se puso en marcha como el montaraz león que en mucho tiempo no ha probado la carne y su ánimo audaz le impele á acometer un rebaño de ovejas yendo á la alquería sólidamente construída; y aunque en ella encuentre hombres que, armados con venablos y provistos de perros, guardan las ovejas, no quiere que le echen del establo sin intentar el ataque, hasta que saltando dentro, ó consigue hacer presa ó es herido por un venablo que ágil mano le arroja; del mismo modo, el deiforme Sarpedón se sentía impulsado por su ánimo á asaltar el muro y destruir los parapetos. Y en seguida dijo á Glauco, hijo de Hipóloco:

310 «¡Glauco! ¿Por qué á nosotros nos honran en la Licia con asientos preferentes, manjares y copas de vino, y todos nos miran como á dioses, y poseemos campos grandes y magníficos á orillas del Janto, con viñas y tierras de pan llevar? Preciso es que ahora nos sostengamos entre los más avanzados y nos lancemos á la ardiente pelea, para que diga alguno de los licios, armados de fuertes corazas: No sin gloria imperan nuestros reyes en la Licia; y si comen pingües ovejas y beben exquisito vino, dulce como la miel, también son esforzados, pues combaten al frente de los licios. ¡Oh amigo! Ojalá