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CANTO DÉCIMOTERCIO

206 Entonces Neptuno, airado en el corazón porque su nieto había sucumbido en la terrible pelea, se fué hacia las tiendas y naves de los aqueos para reanimar á los dánaos y causar males á los teucros. Encontróse con él Idomeneo, famoso por su lanza, que volvía de acompañar á un amigo á quien sacaron del combate porque los teucros le habían herido en la corva con el agudo bronce. Idomeneo, una vez lo hubo confiado á los médicos, se encaminaba á su tienda, con intención de volver á la batalla. Y el poderoso Neptuno, que bate la tierra, díjole, tomando la voz de Toante, hijo de Andremón, que en Pleurón entera y en la excelsa Calidón reinaba sobre los etolos y era honrado por el pueblo cual si fuese un dios:

219 «¡Idomeneo, príncipe de los cretenses! ¿Qué se hicieron las amenazas que los aqueos hacían á los teucros?»

221 Respondió Idomeneo, caudillo de los cretenses: «¡Oh Toante! No creo que ahora se pueda culpar á ningún guerrero, porque todos sabemos combatir y nadie está poseído del exánime terror, ni deja por flojedad la funesta batalla; sin duda debe de ser grato al prepotente Saturnio que los aqueos perezcan sin gloria en esta tierra, lejos de Argos. Mas, oh Toante, puesto que siempre has sido belicoso y sueles animar al que ves remiso, no dejes de pelear y exhorta á los demás.»

231 Contestó Neptuno, que bate la tierra: «¡Idomeneo! No vuelva desde Troya á su patria y venga á ser juguete de los perros, quien en el día de hoy deje voluntariamente de lidiar. Ea, toma las armas y ven á mi lado; apresurémonos, por si, á pesar de estar solos, podemos hacer algo provechoso. Nace una fuerza de la unión de los hombres, aunque sean débiles; y nosotros somos capaces de luchar con los valientes.»

239 Dichas estas palabras, el dios se entró de nuevo por el combate de los hombres; é Idomeneo, yendo á la bien construída tienda, vistió la magnífica armadura, tomó un par de lanzas y volvió á salir, semejante al encendido relámpago que el Saturnio agita en su mano desde el resplandeciente Olimpo para mostrarlo á los hombres como señal: tanto centelleaba el bronce en el pecho de Idomeneo mientras éste corría. Encontróse con él, no muy lejos de la tienda, el valiente escudero Meriones, que iba en busca de una lanza; y el fuerte Diomedes dijo:

249 «¡Meriones, hijo de Molo, el de los pies ligeros, mi compañero más querido! ¿Por qué vienes, dejando el combate y la pelea? ¿Acaso estás herido y te agobia puntiaguda flecha? ¿Me traes, quizás,