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CANTO DÉCIMOTERCIO

pero anticipósele éste y le hundió la pica en la garganta, debajo de la barba, hasta que salió al otro lado. Cayó el teucro como en el monte la encina, el álamo ó el elevado pino que unos artífices cortan con afiladas hachas para convertirlo en mástil de navío; así yacía aquél, tendido delante de los corceles y del carro, rechinándole los dientes y cogiendo con las manos el polvo ensangrentado. Turbóse el escudero, y ni siquiera se atrevió á torcer la rienda á los caballos para escapar de las manos de los enemigos. Y el belígero Antíloco se llegó á él y le atravesó con la lanza, pues la broncínea loriga no pudo evitar que se la clavara en el vientre. El auriga, jadeante, cayó del bien construído carro; y Antíloco, hijo del magnánimo Néstor, sacó los caballos de entre los teucros y se los llevó hacia los aqueos, de hermosas grebas.

402 Deífobo, irritado por la muerte de Asio, se acercó mucho á Idomeneo y le arrojó la reluciente lanza. Mas Idomeneo advirtiólo y burló el golpe encogiéndose debajo de su rodela, la cual era lisa y estaba formada por boyunas pieles y una lámina de bruñido bronce con dos abrazaderas: la broncínea lanza resbaló por la superficie del escudo, que sonó roncamente, y no fué lanzada en balde por el robusto brazo de aquél, pues fué á clavarse en el hígado, debajo del diafragma, de Hipsenor Hipásida, pastor de hombres, haciéndole doblar las rodillas. Y Deífobo se jactaba así, dando grandes voces:

414 «Asio yace en tierra, pero ya está vengado. Figúrome que al descender á la morada de sólidas puertas del terrible Plutón, se holgará su espíritu de que le haya proporcionado un compañero.»

417 Así habló. Sus jactanciosas frases apesadumbraron á los argivos y conmovieron el corazón del belicoso Antíloco; pero éste, aunque afligido, no abandonó á su compañero, sino que corriendo se puso junto á él y le cubrió con la rodela. É introduciéndose por debajo dos amigos fieles, Mecisteo hijo de Equio y el divino Alástor, llevaron á Hipsenor, que daba hondos suspiros, hacia las cóncavas naves.

424 Idomeneo no dejaba que desfalleciera su gran valor y deseaba siempre ó sumir á algún teucro en tenebrosa noche, ó caer él mismo con estrépito, librando de la ruina á los aqueos. Neptuno dejó que sucumbiera á manos de Idomeneo el hijo querido del noble Esietes, el héroe Alcátoo (era yerno de Anquises y tenía por esposa á Hipodamia, la hija primogénita, á quien el padre y la veneranda madre amaban cordialmente en el palacio porque sobresalía en hermosu-