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CANTO DÉCIMOCUARTO

y ni el mismo Júpiter altitonante puede modificar lo que ya ha sucedido. Derribado está el muro que esperábamos fuese indestructible reparo para las veleras naves y para nosotros mismos; y junto á ellas los teucros sostienen vivo é incesante combate. No conocerías, por más que lo miraras, hacia qué parte van los aqueos acosados y puestos en desorden: en montón confuso reciben la muerte, y la gritería llega hasta el cielo. Deliberemos sobre lo que puede ocurrir, por si damos con alguna idea provechosa; y no propongo que entremos en combate, porque es imposible que peleen los que están heridos.»

64 Díjole el rey de hombres Agamenón: «¡Néstor! Puesto que ya los teucros combaten junto á las popas de las naves y de ninguna utilidad ha sido el muro con su foso que los dánaos construyeron con tanta fatiga, esperando que fuese indestructible reparo para los barcos y para ellos mismos; sin duda debe de ser grato al prepotente Jove que los aqueos perezcan sin gloria aquí, lejos de Argos. Antes yo veía que el dios auxiliaba, benévolo, á los dánaos; mas al presente da gloria á los teucros, cual si fuesen dioses bienaventurados, y encadena nuestro valor y nuestros brazos. Ea, obremos todos como voy á decir. Arrastremos las naves que se hallan más cerca de la orilla, echémoslas al mar divino y que estén sobre las anclas hasta que venga la noche inmortal; y si entonces los teucros se abstienen de combatir, podremos botar las restantes. No es reprensible evitar una desgracia, aunque sea durante la noche. Mejor es librarse huyendo, que dejarse coger.»

82 El ingenioso Ulises, mirándole con torva faz, exclamó: «¡Atrida! ¿Qué palabras se escaparon de tus labios? ¡Hombre funesto! Debieras estar al frente de un ejército de cobardes y no mandarnos á nosotros, á quienes Jove concedió llevar al cabo arriesgadas empresas bélicas desde la juventud á la vejez, hasta que perezcamos. ¿Quieres que dejemos la ciudad troyana de anchas calles, después de haber padecido por ella tantas fatigas? Calla y no oigan los aqueos esas palabras, las cuales no saldrían de la boca de ningún varón que supiera hablar con espíritu prudente, llevara cetro y fuera obedecido por tantos hombres cuantos son los argivos sobre quienes imperas. Repruebo completamente la proposición que hiciste: sin duda nos aconsejas que botemos al mar las naves de muchos bancos durante el combate y la pelea, para que más presto se cumplan los deseos de los teucros, ya al presente vencedores, y nuestra perdición sea inminente. Porque los aqueos no sostendrán el combate si