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LA ILÍADA

las naves son echadas al mar; sino que, volviendo los ojos adonde puedan huir, cesarán de pelear, y tu consejo, príncipe de hombres, habrá sido dañoso.»

103 Contestó el rey de hombres Agamenón: «¡Oh Ulises! Tu duro reproche me ha llegado al alma; pero yo no mandaba que los aqueos arrastraran al mar, contra su voluntad, las naves de muchos bancos. Ojalá que alguien, joven ó viejo, propusiera una cosa mejor, pues le oiría con gusto.»

109 Y entonces les dijo Diomedes, valiente en la pelea: «Cerca tenéis á tal hombre—no habremos de buscarle mucho—si os halláis dispuestos á obedecer; y no me vituperéis ni os irritéis contra mí, recordando que soy más joven que vosotros, pues me glorío de haber tenido por padre al valiente Tideo, cuyo cuerpo está enterrado en Tebas. Engendró Porteo tres hijos ilustres que habitaron en Pleurón y en la excelsa Calidón: Agrio, Melas y el caballero Eneo, mi abuelo paterno, que era el más valiente. Eneo quedóse en su país; pero mi padre, después de vagar algún tiempo, se estableció en Argos porque así lo quisieron Júpiter y los demás dioses, casó con una hija de Adrasto y vivió en una casa abastada de riqueza: poseía muchos trigales, no pocas plantaciones de árboles en los alrededores de la población, y copiosos rebaños; y aventajaba á todos los aquivos en el manejo de la lanza. Tales cosas las habréis oído referir como ciertas que son. No sea que, figurándoos quizás que por mi linaje he de ser cobarde y débil, despreciéis lo bueno que os diga. Ea, vayamos á la batalla, no obstante estar heridos, pues la necesidad apremia; pongámonos fuera del alcance de los tiros para no recibir lesiones sobre lesiones; animemos á los demás y hagamos que entren en combate cuantos, cediendo á su ánimo indolente, permanecen alejados y no pelean.»

133 Así se expresó, y ellos le escucharon y obedecieron. Echaron á andar, y el rey de hombres Agamenón iba delante.

135 El ilustre Neptuno, que sacude la tierra, estaba al acecho; y transfigurándose en un viejo, se dirigió á los reyes, tomó la diestra de Agamenón Atrida y le dijo estas aladas palabras:

139 «¡Atrida! Aquiles, al contemplar la matanza y la derrota de los aqueos, debe de sentir que en el pecho se le regocija el corazón pernicioso, porque está falto de juicio. ¡Así pereciera y una deidad le cubriese de ignominia! Pero los bienaventurados dioses no se hallan irritados contigo, y los caudillos y príncipes de los teucros serán puestos en fuga y levantarán nubes de polvo en la llanura espa-