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CANTO DÉCIMOCUARTO

ciosa; tú mismo los verás huir desde las tiendas y naves á la ciudad.»

147 Cuando así hubo hablado, dió un gran alarido y empezó á correr por la llanura. Cual es la gritería de nueve ó diez mil guerreros al trabarse la marcial contienda, tan pujante fué la voz que el soberano Neptuno, que bate la tierra, hizo salir de su pecho. Y el dios infundió valor en el corazón de todos los aqueos para que lucharan y combatieran sin descanso.

153 Juno, la de áureo trono, mirando desde la cima del Olimpo, conoció á su hermano y cuñado, y regocijóse en el alma; pero vió á Júpiter sentado en la más alta cumbre del Ida, abundante en manantiales, y se le hizo odioso en su corazón. Entonces Juno veneranda, la de los grandes ojos, pensaba cómo podría engañar á Júpiter, que lleva la égida. Al fin parecióle que la mejor resolución sería ataviarse bien y encaminarse al Ida, por si Jove, abrasándose en amor, quería dormir á su lado y ella lograba derramar sobre los párpados y el prudente espíritu del dios dulce y placentero sueño. Sin perder un instante, fuése á la habitación labrada por su hijo Vulcano—la cual tenía una sólida puerta con cerradura oculta que ninguna otra deidad sabía abrir,—entró, y habiendo entornado la puerta, lavóse con ambrosía el cuerpo encantador y lo untó con un aceite craso, divino, suave y tan oloroso que, al moverlo en el palacio de Júpiter, erigido sobre bronce, su fragancia se difundió por el cielo y la tierra. Ungido el hermoso cutis, se compuso el cabello y con sus propias manos formó los rizos lustrosos, bellos, divinales, que colgaban de la cabeza inmortal. Echóse en seguida el manto divino, adornado con muchas bordaduras, que Minerva le hiciera; y sujetólo al pecho con broche de oro. Púsose luego un ceñidor que tenía cien borlones, y colgó de las perforadas orejas unos pendientes de tres piedras preciosas grandes como ojos, espléndidas, de gracioso brillo. Después, la divina entre las diosas se cubrió con un velo hermoso, nuevo, tan blanco como el sol; y calzó sus nítidos pies con bellas sandalias. Y cuando hubo ataviado su cuerpo con todos los adornos, salió de la estancia; y llamando á Venus aparte de los dioses, hablóle en estos términos:

190 «¡Hija querida! ¿Querrás complacerme en lo que te diga, ó te negarás, irritada en tu ánimo, porque yo protejo á los dánaos y tú á los teucros?»

193 Respondióle Venus, hija de Júpiter: «¡Juno, venerable diosa, hija del gran Saturno! Di qué quieres; mi corazón me impulsa á realizarlo, si puedo y es hacedero.»