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LA ILÍADA

306 Los teucros acometieron apiñados, siguiendo á Héctor, que marchaba con arrogante paso. Delante del héroe iba Febo Apolo, cubierto por una nube, con la égida impetuosa, terrible, hirsuta, magnífica, que Vulcano, el broncista, diera á Júpiter para que llevándola amedrentara á los hombres. Con ella en la mano, Apolo guiaba á las tropas.

312 Los argivos, apiñados también, resistieron el ataque. Levantóse en ambos ejércitos aguda gritería, las flechas saltaban de las cuerdas de los arcos y audaces manos arrojaban buen número de lanzas, de las cuales unas pocas se hundían en el cuerpo de los jóvenes poseídos de marcial furor, y las demás clavábanse en el suelo, entre los dos campos, antes de llegar á la blanca carne de que estaban codiciosas. Mientras Febo Apolo tuvo la égida inmóvil, los tiros alcanzaban por igual á unos y á otros, y los hombres caían. Mas así que la agitó frente á los dánaos, de ágiles corceles, dando un fortísimo grito, debilitó el ánimo en los pechos de los aquivos y logró que se olvidaran de su impetuoso valor. Como ponen en desorden una vacada ó un hato de ovejas, dos fieras que se presentan muy entrada la obscura noche, cuando el guardián está ausente; de la misma manera, los aqueos huían espantados, porque Apolo les infundió terror y dió gloria á Héctor y á los teucros.

328 Entonces, ya extendida la batalla, cada caudillo teucro mató á un hombre. Héctor dió muerte á Estiquio y á Arcesilao: éste era caudillo de los beocios, de broncíneas lorigas; el otro, compañero fiel del magnánimo Menesteo. Eneas hizo perecer á Medonte y á Yaso; de los cuales, el primero era hijo bastardo del divino Oileo y hermano de Ayax, y habitaba en Fílace, lejos de su patria, por haber muerto á un hermano de su madrastra Eriopis, y Yaso, caudillo de los atenienses, era conocido como hijo de Esfelo Bucólida. Polidamante quitó la vida á Mecisteo, Polites á Equio al trabarse el combate, y el divino Agenor á Clonio. Y Paris arrojó su lanza á Deyoco, que huía por entre los combatientes delanteros; le hirió en la extremidad del hombro, y el bronce salió al otro lado.

343 En tanto los teucros despojaban de las armas á los muertos, los aquivos, arrojándose al foso y á la estacada, huían por todas partes y penetraban en el muro, constreñidos por la necesidad. Y Héctor exhortaba á los teucros, diciendo á voz en grito:

347 «Arrojaos á las naves y dejad los cruentos despojos. Al que encuentre lejos de los bajeles, allí mismo le daré muerte, y luego sus hermanos y hermanas no le entregarán á las llamas, sino que lo despedazarán los perros fuera de la ciudad.»