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CANTO DÉCIMOSEXTO

«¡Meriones! ¿Por qué, siendo valiente, te entretienes en hablar así? ¡Oh amigo! Con palabras injuriosas no lograremos que los teucros dejen el cadáver; preciso será que alguno de ellos baje antes al seno de la tierra. Las batallas se ganan con los puños, y las palabras sirven en las juntas. Conviene, pues, no hablar, sino combatir.»

632 Dijo, echó á andar y siguióle Meriones, varón igual á un dios. Bien así como el estruendo que se produce en la espesura de un monte y se deja oir á lo lejos, cuando los hombres hacen leña; tal era el estrépito que se elevaba de la tierra espaciosa al ser golpeados el bronce, el cuero y los escudos de pieles de buey por las espadas y las lanzas de doble filo. Y ya ni un hombre perspicaz hubiera conocido al divino Sarpedón, pues los dardos, la sangre y el polvo lo cubrían desde los pies á la cabeza. Agitábanse todos alrededor del cadáver como en la primavera zumban las moscas en el establo por cima de las escudillas, cuando los tarros rebosan de leche: de igual manera bullían aquéllos en torno del muerto. Júpiter no apartaba los refulgentes ojos de la dura contienda; y contemplando á los guerreros, revolvía en su ánimo muchas cosas acerca de la muerte de Patroclo: vacilaba entre si el esclarecido Héctor debería matar con el bronce á Patroclo sobre Sarpedón, igual á un dios, y quitarle la armadura de los hombros, ó convendría extender la terrible pelea. Y considerando como lo más conveniente que el bravo escudero de Aquiles Pelida hiciera arredrar á los teucros y á Héctor, armado de bronce, hacia la ciudad y quitara la vida á muchos guerreros, comenzó por infundir timidez en Héctor, el cual subió al carro, se puso en fuga y exhortó á los demás teucros á que huyeran, porque había conocido hacia qué lado se inclinaba la balanza sagrada de Júpiter. Tampoco los fuertes licios osaron resistir, y huyeron todos al ver á su rey herido en el corazón y echado en un montón de cadáveres; pues cayeron muchos hombres á su alrededor cuando el Saturnio avivó el duro combate. Los aqueos quitáronle á Sarpedón la reluciente armadura de bronce y el esforzado hijo de Menetio la entregó á sus compañeros para que la llevaran á las cóncavas naves. Y entonces Júpiter, que amontona las nubes, dijo á Apolo:

667 «¡Ea, querido Febo! Ve y después de sacar á Sarpedón de entre los dardos, límpiale la negra sangre; condúcele á un sitio lejano y lávale en la corriente de un río; úngele con ambrosía, ponle vestiduras divinas y entrégalo á los veloces conductores y hermanos gemelos: el Sueño y la Muerte. Y éstos, transportándolo con presteza, lo dejarán en el rico pueblo de la vasta Licia. Allí sus herma-