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LA ILÍADA

17 Aquiles, vástago de Jove, dejó su lanza arrimada á un tamariz de la orilla; saltó al río, cual si fuese una deidad, con sólo la espada y meditando en su corazón acciones crueles; y comenzó á herir á diestro y á siniestro: al punto levantóse un horrible clamoreo de los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre. Como los peces huyen del ingente delfín, y, temerosos, llenan los senos del hondo puerto, porque aquél devora á cuantos coge; de la misma manera, los teucros iban por la impetuosa corriente del río y se refugiaban, temblando, debajo de las rocas. Cuando Aquiles tuvo las manos cansadas de matar, cogió vivos, dentro del río, á doce mancebos para inmolarlos más tarde en expiación de la muerte de Patroclo Menetíada. Sacólos atónitos como cervatos, les ató las manos por detrás con las correas bien cortadas que llevaban en las flexibles túnicas y encargó á los amigos que los condujeran á las cóncavas naves. Y el héroe acometió de nuevo á los teucros, para hacer en ellos gran destrozo.

34 Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo Dardánida; el cual, huyendo, iba á salir del río. Ya anteriormente habíale hecho prisionero encaminándose de noche á un campo de Príamo: Licaón cortaba con el agudo bronce los ramos nuevos de un cabrahigo para hacer los barandales de un carro, cuando Aquiles, presentándose cual imprevista calamidad, se lo llevó mal de su grado. Trasportóle luego en una nave á la bien construída Lemnos, y allí lo puso en venta: el hijo de Jasón pagó el precio. Después Eetión de Imbros, que era huésped del troyano, dió por él un cuantioso rescate y enviólo á la divina Arisbe. Escapóse Licaón, y volviendo á la casa paterna, estuvo celebrando con sus amigos durante once días su regreso de Lemnos; mas, al duodécimo, un dios le hizo caer nuevamente en manos de Aquiles, que debía mandarle al Orco, sin que Licaón lo deseara. Como el divino Aquiles, el de los pies ligeros, le viera inerme—sin casco, escudo ni lanza, porque todo lo había tirado al suelo—y que salía del río con el cuerpo abatido por el sudor y las rodillas vencidas por el cansancio; sorprendióse, y á su magnánimo espíritu así le habló:

54 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece. Ya es posible que los teucros á quienes maté resuciten de las sombrías tinieblas; cuando éste, librándose del día cruel, ha vuelto de la divina Lemnos donde fué vendido, y las olas del espumoso mar que á tantos detienen no han impedido su regreso. Mas, ea, haré que pruebe la punta de mi lanza para ver y averiguar si volverá nueva-