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CANTO VIGÉSIMO TERCERO

426 «¡Antíloco! De temerario modo guías el carro. Detén los corceles; que ahora el camino es angosto, y en seguida, cuando sea más ancho, podrás ganarme la delantera. No sea que choquen los carros y seas causa de que recibamos daño.»

429 Así dijo. Pero Antíloco, como si no le oyese, hacía correr más á sus caballos picándolos con el aguijón. Cuanto espacio recorre el disco que tira un joven desde lo alto de su hombro para probar la fuerza, tanto aquéllos se adelantaron. Las yeguas del Atrida cejaron, y él mismo, voluntariamente, dejó de avivarlas; no fuera que los solípedos caballos, tropezando los unos con los otros, volcaran los fuertes carros, y ellos cayeran en el polvo por el anhelo de alcanzar la victoria. Y el rubio Menelao, reprendiendo á Antíloco, exclamó:

439 «¡Antíloco! Ningún mortal es más funesto que tú. Ve enhoramala; que los aqueos no estábamos en lo cierto cuando te teníamos por sensato. Pero no te llevarás el premio sin que antes jures.»

442 En diciendo esto, animó á sus caballos con estas palabras: «No aflojéis el paso, ni tengáis el corazón afligido. Á aquéllos se les cansarán los pies y las rodillas antes que á vosotros, pues ya ambos pasaron de la edad juvenil.»

446 Así dijo. Los corceles, temiendo la amenaza de su señor, corrieron más diligentemente, y pronto se hallaron cerca de los otros.

448 Los argivos, sentados en el circo, no quitaban los ojos de los caballos; y éstos volaban, levantando polvo por la llanura. Idomeneo, caudillo de los cretenses, fué quien antes distinguió los primeros corceles que llegaban; pues era el que estaba en el sitio más alto por haberse sentado en un altozano, fuera del circo. Oyendo desde lejos la voz del auriga que animaba á los corceles, la reconoció; y al momento vió que corría, adelantándose á los demás, un caballo magnífico, todo bermejo, con una mancha en la frente, blanca y redonda como la luna. Y poniéndose en pie, dijo estas palabras á los argivos:

457 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! ¿Veo los caballos yo solo ó también vosotros? Paréceme que no son los mismos de antes los que vienen delanteros, ni el mismo el auriga: deben de haberse lastimado en la llanura las yeguas que poco ha eran vencedoras. Las vi cuando doblaban la meta; pero ahora no puedo distinguirlas, aunque registro con mis ojos todo el campo troyano. Quizás las riendas se le fueron al auriga, y, siéndole imposible gobernar las yeguas al llegar á la meta, no dió felizmente la vuelta: me figuro que habrá caído, el carro estará roto y las yeguas, dejándose llevar por su ánimo enardecido, se habrán echado fuera del camino.