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Este infortunio atroz, que acabar debe
De mi hogar y mis deudos la existencia,
Es ver la casta madre perseguida
Para que á nueva fe la mano rinda.
De nuestros mas ilustres ciudadanos
Los hijos son los que tal ley exigen.
A Ícaro su padre no se atreven[1]
Nueva dote á pedir, ni que la entregue
Al dueño que á su arbitrio ella escogiere.
¡Oh nó! en mi propio alcázar, cada dia
Con mis toros, mis reses y mis copas
Se regalan en torpes saturnales
Y mi riqueza agotan. Todo muere,
Sin que un Ulises halle en mi defensa
Ni que, solo, yo baste a sus escesos.
De mi edad me anonadan la flaqueza
Y el brazo sin vigor. ¡Ah, si pudiese,
Cuál su insolente audacia castigara
Al ver ya tan sin límites la injuria!
Ciudadanos, mi ruina es vuestra afrenta;
¿Pudierais sin enojo tolerarla?
¿A los vecinos pueblos sin vergüenza
Presentarla pudierais? de los Dioses
Temed las justas iras, y que, en cambio,
Los que en mi tolerais horrendos males
Sobre vosotros su rigor fulmine.
¡En nombre del Señor del alto Olimpo
Y de Themis severa, que preside
Y cierra nuestras juntas, os lo pido...!

  1. Segun Pausanias Ícaro era lacedemonio; segun Aristóteles fue de Cefalonia; Dugas—Montbel quiere que fuese ciudadano de Ítaca, y nosotros lo que sacamos en limpio de esta inútil controversia es ratificarnos en lo que hemos espuesto en nuestro prólogo; a saber que este poema es un conjunto de tradiciones, sobre hechos verdaderos abultados con la propension fabulosa de aquellos tiempos. Si Ícaro no hubiese existido nunca, los antiguos no tendrian cuestiones sobre el lugar de su nacimiento.