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Mas antes que me entregue á nuevos lazos
Dejadme que concluya este tejido
Destinado a cubrir el mortal resto
De Laërtes, el sabio y generoso,
Cuando un fin, precoz siempre, nos le robe.
No querais que de Grecia las mugeres
A mi piedad puedan echar en cara
Que al que dejó á mi hijo tanta herencia
No supe dar siquiera una mortaja.
Dijo y nuestra lealtad fió en sus voces.
Mas ella en tanto que á la luz diurna
Su lienzo trabajaba, ocultamente
De noche con afan lo deshacia.
De aquesta suerte nos burló tres años;
Mas cuando ya las horas condujeron
Del cuarto el plazo, una esclava suya,
En su reo artificio confidenta,
Nos reveló el secreto, y por sorpresa
La hallamos el tejido destruyendo.
Por mi voz mis rivales te hablan todos:
Sabe pues y contigo sepa Grecia
Cuál es nuestra intencion. Sin mas demora
A sus deudos la madre tornar debes
Para unirla al esposo que escogiere,
Segun su afecto y de su padre el voto.
Mas si para cansar los nobles griegos
Del genio abusa que le dio Minerva;
Si emplea esos ardides, en los cuales
Las Tiros, Alemenas y Micenas,[1]
Hembras en lo vetusto tan famosas,
Su astucia sin igual borra y supera,

  1. Qué prueba tan solemne de la tradicion y que destruye toda idea de invencion espontánea! el autor cita tres nombres de mugeres celebres y dice que lo fueron en lo vetusto; parece ocioso añadir el menor comentario. ¿Cómo llamarémos antigua una historia que en su primera letra trata de cosas que ella misma califica de vetustas?