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La bruja del ideal — 245

consumía al alma enamorada. Sólo ellos hacían hermosa á aquella mujer deforme y asquerosa. Fijándose en ellos, ni se reparaba el resto de tan horrible criatura. Comprendíase que dentro de aquella fealdad se albergaba algo maravillosamente bello; que aquella vejez era el tosco estuche que guardaba una juventud eterna; aquella corteza encubría una flor purísima; aquella concha atesoraba una riquísima perla; aquella bruja, en fin, contenía una diosa.

Echó á andar la bruja, y con el imperio y atracción de su mirada me arrastró tras de sí. Penetró por un hueco de las paredes, y nos hallamos en una habitación espaciosa, pero tan negra y envuelta en sombras, que no se distinguían sus términos ni apreciaban sus dimensiones.

Sólo un rayo de luz crepuscular penetraba por la techumbre, viniendo á caer perpendicular sobre una especie de diván, de forma y color indefinidos, y colocados, al parecer, en el centro de la estancia.

No había, pues, los consabidos crisoles, retortas, esqueletos, tarros, pucheros á la lumbre, gatos ó monos, que, de ordinario, son el mueblaje y adorno de toda mansión de bruja. La sombra parecía ser el único adorno de aquella morada á la que el dios egipcio Athyr parecía haber adornado con las tinieblas de que era númen y dispensador.

En uno de los ángulos divisé, á poco, una fragua apagada, y junto á ella un hombre atlético, tiznado, negro, que sobre un yunque martillaba pausadamente y daba forma á una llave que tenía en la mano izquierda.

Sentóse la bruja sobre el diván y su mirada resplandecía más enmedio de aquella oscuridad.

Fascinado, enamorado de aquella mirada irresistible, me precipité en los brazos de aquel monstruo.

A mis abrazos frenéticos respondió ella con abrazos cuasi desesperados. Hubiérase dicho que con ellos intentaba ahogarme.

Yo la acariciaba y la besaba con afán, porque la hermosura de sus ojos me hacía ciego para sus deformidades. Como un avaro que palpara un tesoro enmedio de un inmundo basurero; como un sabio que sintiese bullir el secreto de la vida dentro de un hediondo cadáver, así yo sentía que tenía entre mis brazos un ser divino envuelto en aquella forma diabólica, y apretaba con todas mis fuerzas como para romper aquella cubierta, para quebrantar aquel cuerpo, sepulcro de otro cuerpo, y poseer los tesoros de amor allí escondidos.