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La bruja del ideal

— ¿Qué buscas?

— No lo sé, respondí retrocediendo cuasi espantado.

— ¿No lo sabes? respondió: pues yo lo sé. Tú buscas el amor; tú buscas el ideal. Amame, porque yo sé amar. Sigueme, porque yo poseo el ideal. Mírame.

Separando entónces los cabellos de su frente, levantó su cabeza y clavó en mi una mirada tan penetrante, que llegó al fondo de mi alma; y como una descarga eléctrica, conmovió todas las fibras de mi corazón.

No imagine el lector que la bruja se trasformó en hermosísima mujer, como acontecer suele en los cuentos encantados. No: la vieja aparecia todavía más deforme y repugnante; pero su mirada era un rayo de luz divina, y sus ojos eran de una belleza incomparable.

Como un prisionero que desde un inmundo calabozo mirase por el agujero de la cerradura, y desde allí viese un Paraíso, así mirando aquel rostro, al través de sus ojos se vislumbraba el Edén de los amores, la pátria de la belleza.

Aquellos ojos eran indescriptibles. Sus pupilas no miraban; devoraban, palpitaban, atraian, fascinaban. Claros, grandes, circundados de largas pestañas, brillaba en ellos el fuego de todas las pasiones, la dulzura de todos los deleites, el arrebato de todos los delirios, la calma de todas las bondades, el esplendor de la inteligencia, la serenidad del éxtasis, la limpidez de la virginidad, el candor de la inocencia. Todas las antinomias del espíritu tenían allí su expresion más viva y sublime. Aquellas dos pupilas eran una quinta esencia, un poema de todos los sentimientos sintetizados en una sola apariencia; una armonía de todas las voces del alma, resonando en un sólo acorde; todos los colores de la hermosura concentrados en el rayo deslumbrador de una mirada. Radiantes como el día, deslumbraban; oscuros como la noche, perdian; melancólicos como el crepúsculo, entristecian á quien los miraba un instante.

Eran aquellos unos ojos-océanos que retrataban todas las tempestades del sér; ojos-abismos que mareaban; ojos-torbellinos que arrastraban; ojos-lámparas que alumbraban. Tenian iman, calor, magnetismo, aspir y todas las atracciones capaces de encadenar la voluntad.

Nada más extraño que ver tanta vida y expresion reconcentradas en aquellos dos puntos brillantes, astros de amor, hogueras divinas de un fuego más sagrado que el de las vestales, y que