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LA LLUVIA DE FUEGO

derse de vista un arenal de cobre. En las montañas, á la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba á agobiarme con una honda desolación, cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía á mí.

No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino á sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero apuñaleando á su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.

Asegurado á este respecto, empecé á interrogarle. Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví—ignoro por qué—á levantarla mía.

Ofrecíle mi bodega donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el vino...

De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas de Adama ó de Seboim.