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Página:Las Fuerzas Extrañas.djvu/45

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LAS FUERZAS EXTRAÑAS

Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como peligroso.

Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían á la ciudad como á un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo.

La sed y no el hambre era lo que los enfurecía, pues pasaron junto á nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos demostraba tan lúgubremente la catástrofe.

Pelados como gatos sarnosos, reducida á escasos chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos á medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre—todo aquello decía á las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.

Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también; hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse á rugir.