los labios y murmurar algo, mirándole. Y como no podía entender lo que pronunciaba ella entre dientes, le dijo: «¡Oh madre mía! me parece que te dedicas á maldecirme, pensando en tu hijo asesinado por los herejes persas y en mi advenimiento al trono que ocupaba él. Y sin embargo, sólo Alah ha dictado nuestros destinos.» Pero Zobeida se escandalizó, diciendo: «No, por la memoria sagrada de tu padre, ¡oh Emir de los Creyentes! ¡Lejos de mí tales tendencias!» Y Al-Mamún le preguntó: «¿Puedes decirme, entonces, qué murmurabas entre dientes, mirándome?» Pero ella bajó la cabeza, como una persona que no quiere hablar, por respeto á su interlocutor, y contestó: «Excúseme el Emir de los Creyentes, y dispénseme de decirle el motivo de lo que me pregunta.» Pero Al-Mamún, poseído de viva curiosidad, se puso á insistir mucho y á acosar á Zobeida á preguntas, de modo que, cuando no tuvo más remedio, acabó ella por decirle: «Pues bien; helo aquí. Maldecía de la insistencia, murmurando: «¡Alah confunda á los individuos importunos, afligidos del vicio de la insistencia!» Y Al-Mamún le preguntó: «Pero con qué motivo ó á qué recuerdo lanzabas esa reprobación?» Y Zobeida contestó: «¡Ya que quieres saberlo absolutamente, helo aquí!» Y dijo:
«Has de saber, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! que un día en que había jugado al ajedrez con tu padre el Emir de los Creyentes Harún Al-Rachid, perdí la partida. Y tu padre me impuso la senten-