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IX
PRÓLOGO

Áyax llega al suicidio, en castigo de su orgullo y menosprecio del auxilio de la divinidad. La respuesta que da a su padre Telamón cuando, al despedirle para Troya, le exhortaba a que tuviera siempre propicios a los dioses, y la que luego dió en los campos troyanos a Minerva en ocasión en que ésta le estimulaba a la lucha (páginas 22 y 23), le atrajeron el desdén de la diosa. Vencido después por Ulises en el certamen por las armas de Aquiles, desacata el fallo del Jurado y concibe, en su orgullo, matar al mismo Ulises y a los jefes del ejército que le habían postergado. La diosa, entonces, le trastorna el juicio, y el héroe se lanza, en su lòcura, sobre los rebaños de ovejas y bueyes, creyendo saciar en ellos la sed de venganza que sentía. Cuando luego recobra la razón, se ve cubierto de ignominia y decide suicidarse.

Esta es la más antigua de las siete tragedias de Sofocles.

En la Electra se consuma, por orden del oráculo (pág. 46), el asesinato de Clitemnestra y de Egisto, porque así lo exigía la venganza de Agamemnón, ignominiosamente asesinado por la infiel esposa y el adúltero amante. La casa paterna tenía que purificarse; la sangre impiamente derramada pedía venganza, y las maldiciones lanzadas contra los asesinos habían de cumplirse indefectiblemente[1]. Así, termina la pieza con


  1. La creencia en el poder y eficacia de la maldición es anti