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TRAGEDIAS DE SÓFOCLES

y contra tu hijo se lanzarán tan injuriosas palabras. Pero ten consideración a tu padre, que queda en achacosa vejez; tenla a tu madre, anciana de muchos años, que tanto ruega a los dioses que te vuelvan sano a casa. Compadécete, ¡oh rey!, de tu hijo, que solo y sin tu amparo, vivirá en su juventud sujeto a tutores sin amor. ¡En qué desgracia, a él y a mi, si mueres, nos dejas! Yo no tengo nadie que me ampare, sino tú. Tú asolaste mi patria con tu lanza, y a mi padre y a mi madre la Parca fatal, privándoles de la vida, les forzó a ser habitantes del infierno. ¿Qué patria podrá adoptarme, privada de ti? ¿Qué fortuna será la mia? En ti está toda mi salvación. Ten, pues, también piedad de mi. Justo es que el hombre agradezca el buen trato que haya recibido, porque el agradecimiento es siempre el que engendra agradecimiento. Quien se olvida del bien que se le haya hecho, no es posible que sea nunca un hombre bien nacido.

Coro.— Quisiera, Áyax, que tu corazón se compadeciera como el mío, porque aplaudirias lo que ésta acaba de decir.

Áyax.— Y en verdad que tendrá mi aplauso, si está pronta a obedecerme en lo único que le he mandado.

Tecmesa.— Pero, querido Áyax, yo te obedeceré en todo.

Áyax.— Trae, pues, a mi hijo para que lo vea.

Tecmesa.— En verdad que por miedo lo saqué de aqui.

Áyax.— ¿Por miedo a mis furores, o por qué?

Tecmesa.— Temiendo que el desdichado hallara la muerte si tropezaba contigo.

Áyax.— Hubiera podido suceder, según era mi locura.

Tecmesa.— Pues yo lo puse en salvo para evitar eso.

Áyax.— Aplaudo tu obra y la previsión que tuviste.

Tecmesa.— ¿En qué otra cosa te puedo servir?