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ÁYAX

como generalisimo y de modo que pudieras mandar de Áyax. Manda, pues, de tus súbditos; y esas retumban tes palabras, con ellos empléalas; porque a éste, aunque lo prohibas tú o cualquier otro general, lo pondré en sepultura digna de él, sin temor a tus amenazas. No vino aquí con su ejército por causa de tu mujer, como esos que en toda empresa toman parte, sino por el juramento con que se había obligado, y de ninguna manera por tí, porque él nunca hizo caso de gente indigna como vosotros. Por tanto, ya puedes venir aquí con muchos pregoneros y con el general, que no me he de preocupar de tu decisión mientras seas lo que eres.

Coro.— Tampoco aplaudo la manera como te expresas, hallándote en la desgracia; porque las palabras duras, aun cuando sean justas, muerden.

Menelao.— El arquero parece ensoberbecerse no poco.

Teucro.— No es de villanos el oficio que poseo.

Menelao.—Muy grande seria tu orgullo si embrazases escudo.

Teucro.— Y me basto para luchar contigo bien cubierto.

Menelao.— La lengua acrece tu cólera, como si me hubieras de espantar.

Teucro.— Estando en lo justo, razón es que uno se crezca.

Menelao.— ¿Justo era, pues, que éste prosperara matándome?

Teucro.— ¿Matándote? Valiente cosa has dicho, si vives después de muerto.

Menelao.— La diosa me salvó, que por él, muerto estaría.

Teucro.— No deshonres, pues, a los dioses que te han salvado.