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III


Fuera de la casa, el pope Ignacio hablaba mucho con el clero y los feligreses; a veces con conocidos en cuyas casas jugaba a las cartas. Pero cuando volvía le parecía que no había pronunciado una palabra en todo el día. Esto era por que no podía hablar con nadie de lo que más le importaba, de lo que era objeto de sus pensamientos nocturnos: ¿por qué se había suicidado Vera?

No quería ni podía comprender que ya era demasiado tarde para conocer las razones de aquella muerte. Todas las noches recordaba el momento en que él y su mujer, junto al lecho de Vera, le suplicaban que les dijera qué tenía. Cerraba los ojos y se le representaba a Vera incorporada en su lecho y diciendo... Pero no dijo la única palabra que pudiera aclarar el misterio de su muerte. Le parecía al pope Ignacio que aguzando bien el oído, conteniendo los latidos del corazón, podría quizá oír aquella palabra misteriosa. Y saltando de la cama tendía las manos y suplicaba:

—¡Vera!

Era el silencio lo que le respondía.

Una noche entró en el cuarto de su mujer, a la que hacía una semana entera que no veía, se sentó a su cabecera y, evitando su densa mirada, dijo:

—Escucha, quiero hablarte de Vera. ¿Me oyes?

Ella callaba. Entonces, alzando la voz, le habló severamente, como a los que venían a su casa a confesarse: