Página:Las tinieblas y otros cuentos.djvu/90

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modo había saludado primero al doctor Alejandro Ivanovich, luego al doctor Semenio Nicolayevich.

Su enfermedad era incurable y sus días estaban contados; pero no lo sabía y hablaba con efusión del viaje que tenía proyectado a un monasterio después de curado, y de su manzano, que aquel año debía dar mucha fruta. Y cuando hacía buen tiempo; cuando las paredes y el suelo estaban abundantemente inundados de rayos de sol, incomparables de vigor y belleza; cuando las sombras en los lechos blancos como la nieve eran de un azul opaco, cantaba plegarias con voz conmovida. Su voz de tenor débil y tierna temblaba de emoción, y, procurando no ser visto de sus vecinos, se enjugaba las lágrimas que ascendían a sus ojos. Luego se acercaba a la ventana y admiraba la profunda bóveda celeste, tan alejada de la tierra, tan serena en su belleza que ella misma parecía un divino cántico.

«¡Sé clemente conmigo,. Dios omnipotente!—rezaba el chantre—. ¡Perdóname mis pecados y dirígeme por tus caminos!...»

A horas fijas se servía el almuerzo, la merienda y la comida. A las nueve se cubría la lámpara eléctrica con una pantalla de tela azul y en la gran sala comenzaba la larga noche silenciosa.

La clínica se sumía en el sueño. Solamente en el corredor iluminado, ante el que permanecía abierta la puerta de la sala, velában las asistentas haciendo media y hablando entre ellas con voz ahogada. A veces, haciendo ruido con su andar pe-