Página:Leonidas Andreiev - El misterio y otros cuentos.djvu/145

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Los italianos:

Sul more lucido,
L'astro d' argento,
Placida é l'onda,
Prospero é il vento,
Venite all'agile...
Barchetta mia...
Santa Lucia...

Macha (melancólica).—¡Agita los brazos!

El turista gordo.—Tal vez los agite bajo la influencia de la música.

La señora belicosa.—Es muy posible. Pero eso quizá le baga caer antes de tiempo. ¡Eh, músicos! ¡Váyanse!

Accionando y gesticulando enérgicamente, llega un turista alto y bigotudo, acompañado de algunos curiosos.

El turista alto.—¡Esto clama al cielo! ¿Por qué no se le salva? Ha pedido socorro. Le habrán oído ustedes, señores.

Los curiosos (a coro).—¡Sí; le hemos oído!

El turista alto.—Yo también le he oído. Ha gritado «¡Socorro!», con todas sus letras. ¿Por qué no se le salva, pues? ¿Por qué no le salvan ustedes, guardias? ¿Qué hacen ustedes aquí?

El primer guardia.—Guardar el sitio donde ha de caer.

El turista alto.—Muy bien. ¿Pero por qué no le salvan ustedes? ¿Dónde está su amor al prójimo? Cuando un hombre pide socorro, hay que socorrerle. ¿Verdad, señores?

Los curiosos (a coro).—¿Qué duda cabe? ¡Hay que socorrerle!