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MÉXICO.

"La ciudad es tan grande como Sevilla y Córdoba. Las calles (me refiero a las principales,) son muy amplias, y otras muy estrechas; y algunas de éstas y todas las demás son mitad tierra y mitad agua, en las que los habitantes van en canoas; y todas las calles, a ciertas distancias, están abiertas, por lo que el agua pasa de una a la otra; y en todas sus aberturas, algunas de las cuales son muy amplias, hay puentes muy amplios, de enormes vigas unidas y bien construidas; y tan amplia que diez jinetes pueden pasar al lado sobre muchos de ellos.”

Bernal Díaz del Castillo da la siguiente cuenta de la entrada de los españoles en esta ciudad, el 8 de noviembre de 1519; el período de su primera visita a Moctezuma, y antes de que traicioneramente tomaron posesión de la persona del monarca.

"Procedimos," dice él, "por la gran calzada, que se corre en línea recta a la ciudad. Estaba llena de gente, como todas las torres, templos y calzadas, en cada parte del lago, atraídos por la curiosidad de contemplar a hombres y animales como nunca antes habían vistos en estos países. Cuando llegamos a un lugar donde una pequeña calzada da vuelta a la ciudad de Coyoacán, nos encontramos con un gran número de señores de la Corte, enviados, como dijeron, antes del gran Moctezuma, a darnos la bienvenida.

"Cuando llegamos cerca de determinadas torres que estaban casi cerca de la ciudad, Moctezuma, que estaba entonces cerca, dejó su litera que era cargada por príncipes de Texcoco, Iztapalapa, Tacuba y Coyoacán, bajo un dosel de los materiales más ricos, ornamentada con plumas verdes, oro y piedras preciosas, que colgaban en forma de franja. Él estaba muy ricamente adornado y ornamentado y usaba botas adornada con joyas de oro puro. Los príncipes que lo cargaban vestían ricos hábitos, diferentes a los que usaban cuando habían llegado a conocernos previamente; y otros, que precedían al monarca, extendían mantos para que sus pies no tocaran el suelo. Todos los que le asistían, excepto los cuatro príncipes, mantenían sus ojos fijos en la tierra, sin atreverse a mirarle en la cara."

Entraron en la ciudad. "Quién", continúa Díaz, "¡podía contar las multitudes de hombres, mujeres y niños, que llenaban las calles, canales y terrazas y las cimas de las casas, ese día!

"Todo lo que vi en esta ocasión está tan fuertemente impreso en mi memoria, que parece como si había sucedido ayer. ¡Gloria a nuestro Señor Jesucristo, que nos dio coraje para aventurarnos sobre tales peligros y nos llevó de forma segura a través de ellos!"

Proveyeron alojamientos a los españoles por el monarca lujoso y fastuoso—fueron alimentados y entretenidos a su costo, y le hicieron regalos a todos. "Montezuma,"dice el historiador," hizo señales a uno de sus principales asistentes, ordenado a sus oficiales de traerle algunas piezas de oro para dar a Cortés— junto con diez cargas de productos finos que dividió entre Cortés y sus capitanes y a cada soldado le dio dos collares de oro, cada uno con valor de diez coronas y dos cargas de mantos; y