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MÉXICO.

En el festival de María, la madre de nuestro Salvador, (quien es adorado aquí bajo tantas metamorfosis,) las ceremonias no solamente se realizan en las iglesias. No hay apenas una casa en la ciudad, donde no haya un pequeño santuario y adornado con profusión de adornos brillantes y flores. Vasos y jarrones de aguas colores brillan en medio de innumerables lámparas y velas de cera; mientras que las joyas más espléndidas de la señora de la mansión adornan la imagen sagrada. Los pisos de las viviendas están sembrados con rosas, dejando una ruta de acceso para los visitantes, y música y refrescos dan la bienvenida a todos los que están en hábito de intimidad con la familia. En esta hermosa exhibición, hay rivalidad considerable, y es una pluma en el sombrero de la familia que se hable de su Virgen—por excelencia—el Santo de la temporada.

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19 el sábado. Se trata de otro festival, el de "El Castísimo Patriarca Sr. San José, patrón principal de la Republica, y N. Señora de la Piedad". Es un festival, en otras palabras, de San José y la Virgen María, bajo otro nombre. Hubo servicios solemnes en las iglesias.

20 —Domingo de Ramos . A las once me fui a la Catedral, a escuchar misa. El altar principal estaba envuelto con tela púrpura, y todos los adornos cubiertos. El arzobispo se sentó bajo un dosel de terciopelo bordeado con oro, y el edificio se llenó de una congregación abigarrada, con una congregación llevando ramos por señoras, léperos, caballeros e indios. El servicio fue extraño. Púlpitos de dos clérigos subidos en cada lado del altar, mientras que otro parado en medio de los escalones que conducen a él. Todos tenían libros ante ellos y ramas de Palma en sus manos, como también, tenia el arzobispo y su grupo de servidores. Los sacerdotes en el púlpito y el de los escalones, procedieron a cantar una especie de escena dramática en latín mal pronunciado; y todo terminó con música horrible desde el coro y el órgano.

Mientras este servicio ocurría, parecía haber gran indiferencia en la conducta de los hombres bien vestidos. Las damas se sentaron en el piso sucio y con sus libros abiertos ante ellas, leyéndolos; siempre y anónimos cruzando sus frentes, boca y senos; mientras la totalidad de las clases bajas se paró como una audiencia en un extraño drama en un idioma desconocido, que lo vieron tan extraño como ininteligible. Los indios, sobre todo, que se agruparon alrededor de la base de las columnas, en toda su habitual suciedad y harapos, parecieron particularmente sorprendidos por el latín. Entre la multitud, no pude evitar notar un lépero viejo, de apariencia viciosa, (un veterano con cicatrices de en delincuencia y villanía, si podemos juzgar por su semblante) quien era extraordinariamente celoso en golpear su pecho, como si exorcizando un espíritu maligno y tormentoso.