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Ó EL OPTIMISMO.

árbol sin tocar á las hojas; cogió pues su escopeta madrileña de dos cañones, tiró, y mató ámbos ximios. Bendito sea Dios, querido Cacambo, dixo, que de tamaño peligro he librado esas dos pobres criaturas: si cometí un pecado en matar á un inquisidor y á un jesuita, ya he satisfecho á Dios, librando de la muerte á dos muchachas, que acaso son señoritas de circunstancias; y esta aventura no puede ménos de grangearnos mucho provecho en el pais. Iba á decir mas, pero se le heló la sangre y el habla quando vió que las dos muchachas se abrazaban amorosamente de los monos, inundaban en llanto los cadáveres, y henchian el viento de los mas dolientes gritos. No esperaba yo tanta bondad, dixo á Cacambo; el qual le replicó: Buena la hemos hecho, Señor. Los que vm. ha muerto eran los amantes de estas dos niñas. ¡Amantes! ¿cómo es posible? Cacambo, tu te estás burlando: ¿cómo quieres que tal crea?' Señor amado, replicó Cacambo, vm. de todo se pasma. ¿Porqué extraña tanto que en algunos países sean los ximios favorecidos de las damas, si son quarterones de hombre, lo mismo que yo quarteron de Español? Ha, repuso Candido, bien me acuerdo de haber oido decir á maese Panglós que antiguamente sucedian esos casos, y que de estas mezelas procediéron los egypancs, los faunos, los sátiros, que viéron muchos principales personages de la antigüedad; pero yo todo lo tenia por fabuloso. Ya