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LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE

melancolia de nuestro carácter, una grotesca y extravagante casa, desierta hacia mucho tiempo, gracias a supersticiones que no quisimos averiguar. Estaba situada en una solitaria porción del boulevard SaintGermain.

Si la rutina de nuestra vida, en aquel lugar, hubiera sido conocida del mundo, se nos habría considerado como locos — aunque, quizá, como locos de inocente naturaleza. Nuestro aislamiento era completo. No admitiamos visitas. La localidad de nuestro retiro, había sido ocultada como un secreto por mis antiguos compañeros; y hacía muchos años que Dupin habia cesado de conocer ó ser conocido de Paris. Exisliamos entre nosotros solamente.

Había un capricho en la imaginación de mi amigo (pues ¿de que otra manera podré llamarlo?) era apasionado de la noche por ella misma; y en esta extravagancia, como en todas las otras, caí pacíficamente, resignándome á sus desordenados caprichos con un perfecto abandono. La negra divinidad no podia habitar siempre con nosotros; pero la falsificábamos. Al primer albor de la mañana cerrábamos los macizos postigos de nuestra vieja casucha; encendiamos un par de bujías que, fuertemente perfumadas, arrojaban una luz débil y lúgubre. Con ayuda de esto, sumergíamos nuestras almas en los sueños leyendo, escribiendo ó conversando, hasta que éramos avisados, por el reloj, del advenimiento de la verdadera oscuridad.

Entonces, saliamos a la calle, del brazo, continuando los tópicos del dia, vagando por todas partes hasta una hora avanzada, buscando entre las luces y sombras de la populosa ciudad, esa multitud de excitantes men-