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LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE

bien, justamente al salir de la calle C... Fué el último objeto de nuestra discusión. Cuando cruzábamos la calle, un frutero, con una gran canasta sobre la cabeza, pasó precipitadamente y arrojó á Vd. sobre una pila de adoquines amontonada en un sitio en que el camino está en compostura. Pisó Vd. sobre uno de los fragmentos movibles, resbaló, se torció ligeramenle el tobillo, apareció irritado ó caprichoso, murmuró unas pocas palabras, se volvió para mirar la pila y proseguió en silencio su camino. No estaba particularmente atento á lo que hizo Vd., pero la observación ha llegado á ser para mi, una especie de necesidad.

«Siguió Vd. con la vista baja, mirando con una expresión petulante, las cavidades y huellas del pavimento (de manera que vi que todavia estaba Vd. ponsando en las piedras), hasta que alcanzamos la pequeña alameda llamada Lamartine, que ha sido empedrada por via de experimento, con trozos de madera. Aquí su aspecto se despejó, y percibiendo que sus labios se movían, no tuve duda que murmuraba Vd. la palabra esteorotomía, muy afectadamente aplicada á esa especie de empedrado. Conoci que no podia Vd. decirse á si mismo esteorotomía sin ser llevado a pensar en los átomos, y por consecuencia, en las teorías de Epicuro; y como, cuando discutimos este tópico, no hace mucho, observé à Vd. con qué singularidad y con qué poca conciencia, las vagas conjeturas de ese noble griego, habían sido confirmadas por la última cosmografia de las nebulosas, comprendi que no podría Vd. dejar de mirar la gran nebulosa Orión, y espere que Vd. lo hiciera. Asi fué; y me aseguré entonces de que habia seguido perfectamente su pensamiento. Ahora bien, en