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LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE

ting phrase), no había cometido todavía una sola «falla». No habia perdido la pista un solo instante. No había hendiduras en ningún estabón de la cadena. Había seguido el secreto hasta su último punto — y este punto era el clavo. Tenía, digo, toda la apariencia de su compañero de la otra ventana; pero este hecho era absolutamente nulo (por más concluyente que pareciera ser), en frente de esta consideración: que allí en ese punto, terminaba la huella conductora.

«Algún defecto, dije, debe haber en el clavo. Lo toqué; y la cabeza, con casi un cuarto de pulgada de la espiga, se quedó entre mis dedos. El resto de la espiga estaba en el agujero hecho con la barrena, dentro del cual se había roto. La fractura era vieja (pues los bordes estaban incrustados de moho) y había sido causada aparentemente por un martillazo, que había sujetado, en la superficie del marco, la cabeza del clavo. Coloqué cuidadosamente la cabeza en el agujero de donde la habia extraido, y la semblanza con un clavo entero, fué completa — la rajadura era invisible. Apretando el resorte, levanté poco a poco el marco, algunas pulgadas; la cabeza del clavo se levantó con él, permaneciendo firme en su lecho. Cerré la ventana, y el clavo volvió a aparecer como si estuviera entero.

«El enigma, hasta aquí, estaba descifrado. El asesino había escapado por la ventana que daba sobre el lecho. Cayendo por si misma, después de su salida (ó quizá cerrada á propósito), habia sido asegurada por el resorle — y fué la retención de este resorte el que la Policía había equivocado con la del clavo — siendo así consideradas inútiles las investigaciones ulteriores.

«Seguía la cuestión de saber cómo había descen-