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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

rantemente pesada. Quedé tranquilamente acostado, é hice un esfuerzo para ejercitar mi razón. Vinieron á mi memoria los procedimientos de la Inquisición, y partiendo de ahí, me apliqué á deducir de ellos mi posición real.

La sentencia había sido pronunciada, y me parecía que desde entonces había corrido un largo espacio de tiempo. Sin embargo, no me imaginé un solo instante que estuviese realmente muerto. Semejante idea, á despecho de todas las ficciones literarias, es por completo incompatible con la existencia real; pero, ¿dónde estaba yo y cuál era mi estado? Los condenados á muerte, yo lo sabía, morían ordinariamente en los autos de fe. Una solemnidad de este género había sido celebrada la noche misma del día de mi juicio. ¿Había yo sido reintegrado en mi calabozo, para esperar en él el próximo sacrificio, que no debía tener lugar sino dentro de algunos meses? Vi desde luego que eso no podía ser. El contingente de las victimas había sido puesto inmediatamente en requisición; además, mi primer calabozo, como las celdas de los condenados en Toledo, tenía pavimento de piedra, y la luz no estaba excluída por completo.

De repente, una idea terrible arrojó la sangre entorrentes á mi corazón, y durante algunos instantes volví á caer de nuevo en mi insensibilidad. Volviendo en mí, me enderecé de un solo brinco sobre mis pies, mientras me temblaba convulsivamente cada fibra. Extendí locamente mis brazos encima y alrededor de mí, en todos sentidos. No sentía nada; sin embargo, temblaba de dar un paso, tenia miedo de chocar contra las paredes de mi tumba. El sudor brotaba de todos mis poros, y