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EL POZO Y EL PÉNDULO

un pan y un cántaro de agua. Una sed ardiente me consumía, y vacié el cántaro de un trago. Es necesario que esta agua haya estado compuesta, pues apenas la hube bebido, cuando me dormí irresistiblemente. Cuánto tiempo duró, no puedo saberlo; pero cuando abrí los ojos, los objetos eran visibles alrededor mío. Gracias á un resplandor singular, sulfuroso, cuyo origen no pude descubrir desde luego, podía ver la extensión y el aspecto de la prisión.

Yo me había equivocado grandemente sobre sus dimensiones. Las paredes no podían tener más de veinticinco yardas de circuito. Durante algunos minutos, ese descubrimiento fué para mí una inmensa turbación, turbación bien pueril en verdad; porque, en medio de las circunstancias terribles que me rodeaban, ¿qué podía haber en ellas, de menos importantes, que las dimensiones de mi prisión? Pero mi alma tomaba un interés extravagante en las futilidades, y me apliqué fuertemente á darme cuenta del error que había cometido en mis medidas. Al fin, la verdad me apareció como un relámpago. En mi primera tentativa de exploración, había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento en que caí; debía estar entonces á uno ó dos pasos del trozo de sarga; en realidad, había casi medido el circuito de la cueva. Me dormí entonces — y al despertarme, es menester que haya vuelto mis pasos — creando así un circuito, casi doble del circuito real. La confusión de mi cerebro me había impedido notar que había empezado mi vuelta con el muro á mi izquierda, y que lo acababa con el muro á mi derecha.

Me había equivocado también relativamente á la forma del recinto. Tanteando las paredes durante mi