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EDGAR POE

tores nerviosos — y no permitiendo jamás á sus labios decir una sílaba que pudiera ser interpretada como una duda, como un debilitamiento de confianza en el genio y la voluntad de su bienamado. Cuando su hija murió, se ligó al sobreviviente de la desastrosa batalla, con un ardor maternal reforzado, vivió con él, le cuidó vigilándole, defendiéndole contra la vida y contra él mismo. Ciertamente — concluye Willis, con una alta é imparcial razón — si la abnegación de la mujer, nacida con un primer amor y mantenida por la pasión humana, glorifica y consagra su objeto, ¿qué no dice en favor del que inspiró una abnegación como ésta, pura, desinteresada y santa como un centinela divino? Los detractores de Poe habrían debido notar en efecto que hay seducciones tan poderosas que no pueden ser más que virtudes.

Se adivina cuán terrible fué la noticia para la desdichada mujer. Escribió á Willis una carta de la que doy algunas líneas:


«He sabido ésta mañana la muerte de mi bienamado Eddie... ¿Podéis trasmitirme algunos detalles, algunas circunstancias?... ¡Oh! no abandonéis á vuestra pobre amiga en esta amarga aflicción... Decid á Mr... que venga á verme; tengo una comisión para él de parte de mi pobre Eddie... No tengo necesidad de suplicaros que anunciéis su muerte y que habléis bien de él. Sé que lo haréis. Pero decid qué hijo afectuoso era para mí, su pobre madre desconsolada...»


Esta mujer me aparece grande y más que antigua. Herida por un golpe irreparable, no piensa más que en