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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

la plena furia de mi monomanía, y luché en vano contra su extraña é irresistible influencia. En los multiplicados objetos del mundo externo, no tenía pensamientos sino para los dientes. Los deseaba frenéticamente. Todos los otros asuntos y todos los otros intereses llegaban á absorberse en su única contemplación. Ellos, ellos solos estaban presentes á los ojos del espíritu, y ellos, en su individualidad solitaria, se convertían en la esencia de mi vida intelectual. Los sometía á todas las luces. Los volvía en todos sentidos. Examinaba sus caracteres. Detenía mi atención sobre sus peculiari­dades. Reflexionaba respecto á su forma. Cavilaba sobre la alteración de su naturaleza. Me estremecía cuando les prestaba, en mi imaginación, un poder sen­sitivo y sensiente, y hasta sin la ayuda de los libros, una capacidad de expresión moral. De Mademoiselle Salle se ha dicho muy bien: que todos sus pasos eran sentimientos, y de Berenice, yo creía lo más seriamente que todos sus dientes eran ideas. ¡Ideas! ¡ah! aquí está el pensamiento de idiota que me ha perdido! ¡Ideas! — ¡ah! por eso es que yo los codiciaba tan locamente! Sentía que sólo su posesión podía devol­verme á la paz, y restituirme á la razón.

Y la noche me tomó de esa manera—y llegó la oscuridad, se detuvo y se fué — y volvió á amanecer — y las nieblas de una segunda noche se condensaban alrededor — y todavía estaba sentado en aquel soli­tario cuarto — y todavía estaba sentado, sumergido en mi meditación, y todavía el fantasma de los dientes mantenía su terrible influencia, hasta el punto de que con la más vivida y horrorosa distinción, flotaba aquí y allá entre las vacilantes luces y sombras de la pieza.