Página:Pensamientos (Rousseau) - Tomo II.djvu/160

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deres de los maridos: estos conocen que no es con semejantes armas con las que se les debe vencer. No las hizo el cielo insinuantes y persuasivas para ser caprichosas; no las hizo débiles para tener imperiosidad; no las dió una voz tan dulce para decir injurias, y no las dió unas facciones tan delicadas para que las desfiguren con la cólera. Cuando se enojan, se olvidan de sí mismas: muchas veces tienen razon para quejarse, pero hacen siempre mal en regañar. Cada uno debe guardar el tono de su sexo: un marido muy dulce puede hacer á una muger impertinente; pero á menos que el hombre no sea un monstruo, la dulzura de una muger le retrae, y tarde ó temprano triunfa de él.

 La muger todo lo tiene contra sí, nuestros defectos, su timidez, su debilidad; solo tiene en su favor su arte y su hermosura. ¿No es justo que ella cultive el uno y la otra? Pero la hermosura no es general, perece por mil accidentes, pasa con los años, y el hábito destruye sus efectos. El espíritu, el talento solo, es el verdadero recurso del sexo; no ese talento necio al cual se da tanto valor en el mundo, y que de nada sirve para hacer feliz la vida, sino el