había podido manifestarlo besando las líneas de la carta, pues ella se marchó en seguida. Durante el resto de la tarde, Manon estuvo muy alegre, y del mismo buen humor continuaba después de volver a casa. A cada palabra yo me estremecía. "¿Estás bien seguro dije al criado—de que no te han engañado tus ojos?" Puso al cielo por testigo de su buena fe.
Yo no sé dónde me habrían conducido los tormentos de mi espíritu si Manon, que me oyó entrar, no hubiera venido a mí con un aire de impaciencia y quejándose de mi calma. No esperó mi respuesta para colmarme de caricias, y cuando estuvo a solas conmigo, me dió mil quejas por la costumbre que había tomado de volver tan tarde.
Como mi silencio le dejaba libertad para proseguir, díjome que hacía tres semanas que no pasaba un día entero con ella; que no podía soportar las ausencias largas; que me pedía, por lo menos, un día de cuando en cuando, y que desde el día siguiente quería verme a su lado de la mañana a la noche.
"Estaré, no lo dudes", le respondí en un tono algo brusco. Ella dió poca importancia a mi preocupación, y en su alegría, que me pareció, efectivamente, de una vivacidad singular, me hizo mil regocijadas pinturas de lo bien que había pasado el día. "Mujer extraña!—me decía a mí mismo—.
¿Qué debo esperar de este preámbulo?" La aventura de nuestra primera separación me vino a las mientes. Sin embargo, en su alegría y en sus ca-