ricias me parecía ver un fondo de verdad muy en armonía con las apariencias.
No me fué muy difícil atribuir la tristeza, de que no pude librarme durante la cena, a una pérdida de juego. Consideraba como una gran ventaja que la idea de no salir de Chaillot al día siguiente hubiese partido de ella. Era tiempo ganado para mis reflexiones. Mi presencia alejaba toda clase de temores para aquel día, y si no advertía algo que me hiciera desviar mis averiguaciones, estaba decidido a marcharme sin pérdida de tiempo a la ciudad, e instalarme en un barrio en que no tuviese que habérmelas con ningún príncipe italiano. Esta decisión me hizo pasar la noche más tranquilo; pero no me quitó el dolor de temblar ante la idea de una nueva infidelidad.
Al despertar, Manon me dijo que no porque pasara el día en el cuarto quería que estuviese sin acicalarme, y que iba a alisar mis cabellos con sus propias manos. Teníalos yo muy bonitos, y era aquella una diversión que muchas veces se había procurado. Aquel día lo hizo con más cuidado que nunca. Para complacerla, tuve que sentarme delante de su tocador y sufrir todos los retoques que se le ocurrieron para adornarme. Durante el tocado me hacía volver la cabeza hacia ella, y, apoyando las dos manos en mis hombros, mirábame con una curiosidad insistente. Luego expresaba su satisfacción con dos o tres besos, y me obligaba a tomar otra postura para continuar la obra.
Aquella tontería nos ocupó hasta la hora de co-