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LA NEOGRANADINA SANTOS L13

tencioso la mértir socorrana—no olvide Vd. mis pa- labras: su poder concluiré pronto; la sangre derra- mada clama a1 cielo, Yo moriré, pero mi sacrificio servirzi para pro-ducir la caida de la tirania, en es- tas provincias. Repito, no olvide Vd. mis palabras.

Al dia siguivente Antonia Santos estaba en capi- 113.

El Gobernador, que asustado habia caido sobre lsu silla al oir las proféticas palabras de tan vale- rosa mujer, envié 2'1 su secretario con un mensaje:

—El Sefior Gobernador—dijo 5'1 la sefiora San- tos—of1-ece dejar é usted libre y entregarle sus propiedades que se han mandado confiscar, si -d-£1 una lista de las personas que prestan auxilio :1 las guerrillas ode Charalé, Coromoro y Casenare.

-—;Ah! con que el sefior Gobernador me propo- ne esto ?—exclam6 con irénica s0nrisa—Pu€s, bien: diga Vd. al Gobernador que se engafia tristemente si piensa que yo puedo com-eter una infamia tan grande como la que me propone. Digale usted que aunque mujer y débil, no tengo temor alguno y no vacilo entre la muerte y la deshonra. Digale usted que purede ordenar se prepare todo lo necesario pa- ra mi suplicio.

El secretario, asombrado, salié de la xcapilla.

A las ocho -de 121 mafiana del siguiente dia. An- tonia Santos salia de su prisién para el fatal ban- quillo, acompafiada de su confesor. Un pueblo nu- meroso la contemplaba con respeto y dolor: todos sufrian, todos lloraban al ver aquella mujer, her- 1110521 3' joven afln, morir pren1a‘r.um 3-’ horriblemente.

Al llegar al banquillo se detuvo, y elevundo la voz: