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tanto se alisaba las plumas sobre una rama, de esperar el fin de tan estranas i complicadas manipulaciones. Mientras Petaca, que habia apoyado el fusil en un tronco, apuntaba arrodillado en la yerba, Cañuela, prudentemente colocado a su espalda, esperaba, con las manos en los oídos, el ruido del disparo que se le antojaba formidable, idea que asaltó tambien al andar recordando los tiros que oyera esplotar en la cantera i, por un momento, vaciló sin resolverse a tirar del gatillo; pero, el pensamiento de que su primo podia burlarse de su cobardía, lo hizo volver la cabeza, cerrar los ojos i oprimir el disparador. Grande fué su sorpresa al oir en vez del estruendo que esperaba, un chasquido agudo i seco, pero que nada tenia de emocionante. Parece mentira, pensó, que un escopetazo suene tan poco. I su primera mirada fué para el ave, i no viéndola en la rama, lanzó un grito de júbilo i se precipitó adelante seguro de encontrarla en el suelo, patas arriba.

Cañuela, que viera al chincol alejarse tranquilamente, no se atrevió a desengañarle; i fué tal el calor con que su primo le ponderó la precision del disparo, de cómo vió volar las plumas por el aire i caer de las ramas el pájaro despachurrado que, olvidándose de lo que habia visto, concluyó, tambíen, por creer a pié juntillas en la muerte del ave, buscándola ámbos con ahinco entre la maleza hasta que, cansados de la inutilidad de la pesquiza, la abandonaron, desalentados. Pero, ámbos habian olido la pólvora i su belicoso entusiasmo aumentó con-