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Página:Una excursión a los indios ranqueles - Tomo I (1909).djvu/177

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Es que así es el hombre, mi Coronel—vive quejándose de lo que le gusta más.

—Bueno, prosigue—le dije, y Crisóstomo tomó el hilo de su narración, que ya había predispuesto á todos en su favor, despertando fuertemente la curiosidad.

Cerca de casa vivía otra familia pobre. Èramos muy amigos; todos los días nos veíamos.

Tenía una hija muy donosa. Se llamaba Inés. Por las tardes cuando recogíamos las majadas, nos encontrábamos en el arroyo, que nace de arriba del cerro. Y como la moza me gustaba, yo le tiraba la lengua y nos quedábamos mucho rato conversando. Un día le dije que la quería, que si ella me quería á mí. Me contestó callada que sí.

—¿Y cómo es eso de contestar callada ?

— Bueno, mi Coronel, yo le conocí en la cara que puso, que me quería.

—¿ Y después ?

—Seguimos viéndonos todos los días, saliendo lo más temprano que podíamos á recoger para poder platicar con holgura.

Nos sentábamos juntitos en la orilla del arroyo, en un lugar donde había unos sauces muy lindos; nos tomábamos las manos y así nos quedábamos horas enteras viendo correr el agua. Un día le pregunté si quería que nos casáramos. No me contestó, dió un suspiro, se le saltaron las lágrimas, lloró y me hizo llorar.

—¡ A ti?

—A mí, pues, señor—contestó Crisóstomo, mirándome con un aire que parecía decir: ¿acaso no puedo llorar yo, porque vivo entre los indios?

Sentí el reproche y le contesté: no te había entendido bien, sigue.

Prosiguió.

—Lo que se me pasó la tristeza le pregunté por qué