Página:Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia.djvu/113

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servia de lenguaraz. El sol quemaba, Trureupan, cuya barba se confundia en los pliegues de su monstruosa barriga, sudando la gota gorda principió por la frase de rigor.—"Cheu Mapu" ¿de qué tierra? dije que eramos estranjeros, pero no chilenos; lo creyeron sin dificultad, la larga barba que traíamos, no suelen usarla mis paisanos; por otra parte Lenglier, que habla dado la vuelta al círculo saludando a cada uno en castellano, pronunciaba el idioma de Cervantes con tal acento francés, que los indios no pudieron contener la risa, i vieron luego que no era chileno. Al saber que no eramos huincas como ellos llaman a los españoles, i a quienes aborrecen cordialmente, se pusieron ménos sérios los indios. Les dije en seguida, Vera pasando la la palabra, que con mi compañero, viajábamos para conocer el país i trabar amistad con los Pehuenches, que no teniamos ninguna mala intención, i una prueba era el pequeño número de nuestra comitiva; que por otra parte los Pehuenches tenian mucha fama de guapos i hubiera sido locura intentar batirse coa ellos, i otras contestaciones iguales a las que habia dado ya en los otros toldos. A esto se siguió un momento de silencio; entónces el cacique Huentrupan nos preguntó sí habiamos oido hablar de una declaracion de guerra entre indios i españoles, guerra cuyo teatro era cerca de una ciudad llamada "Duidal", no entendí bien lo que queria decir i contesté que no sabia nada de eso, (¿seria acaso la posesión de Angol en Arauco que habia tenido lugar en esa fecha?) Entonces tuvo lugar un incidente: Lenglier, sentado a mis espaldas, tocaba el círculo de indios; trabajaba para defenderse de las importunidades de los indios que a cada rato trataban de trajinarle sus bolsillos. El saco de tela que contenia nuestros papeles, los croquis i el diario del viaje, lo habia escondido terciado bajo su vestido, cuando en un movimiento que hizo, un indio vio el saco i avisó al cacique. José Vera me dijo entónces que el cacique queria ver esos papeles: los tomé i los estendí delante; tomó uno el cacique, lo consideró, lo dió vuelta, mirándolo sorprendido como un puerco que encontraria en el camino un número del Ferrocarril o un par de guantes; comparacion tanto mas exacta cuanto que el venerable Trureupan por su cara, su obesidad i la gracia de sus movimientos representaba perfectamente al animal citado. Al fin me volvió los papeles, algunos habían desaparecido, pero me fueron devueltos después, mediante un pañuelo que regalé al que los habia tomado. Hacia dos horas que duraba la conferencia; Trureupan sudaba como una alcarraza; tenia por delante un cacho de agua fresca i a cada momento se echaba un poco en la cabeza. Después pidió un cacho de