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114 — Virgilio

á mi juicio, entre aquellos verdaderos juguetes literarios, preciosos, sin duda, como obra de un divino ingenio, y este grande y magnífico monumento, superior á cuanto ha producido la poesía épica en todos los siglos, si se exceptúan únicamente los poemas de Homero. El entusiasmo de aquellos críticos tiene, sin embargo, una explicacion, y yo creo encontrarla en el hecho de haber sido las Eglogas para ellos un objeto único, ó cuando ménos muy principal, de estudios sobre Virgilio: en este caso están generalmente los traductores de esa sola parte de sus obras. Los hombres nos apasionamos naturalmente por aquello que más á fondo estudiamos y conocemos, y á fuerza de concentrar la atencion en un texto único y de ahondar y darle vueltas y considerarle bajo todos sus aspectos, acabamos por descubrir en él sentidos misteriosos y primores ocultos, que acaso no existen más que en nuestra imaginacion acalorada.

Lo que hay, sin duda, en las Eglogas es una lozanía juvenil y cierta gracia candorosa, que les comunican un encanto indecible. Otro de sus grandes atractivos es que en ellas, más que en otra alguna de las composiciones del poeta, descubrimos, por decirlo así, la personalidad de éste, y podemos seguir, en medio de los grandes sucesos públicos de su tiempo, las vicisitudes de su modesta vida privada y la influencia que sobre ésta tuvieron aquellos. Las Eglogas nos ponen hasta cierto punto en comunicacion con sus grandes amigos y protectores, á la par que nos revelan la tierna y viva gratitud con que pagaba sus beneficios, á la manera que sólo saben y pueden hacerlo los grandes hombres. En pago de sus favores, él, con sólo mentarlos en sus versos, les aseguraba la inmortalidad.

Obras evidentemente de su juventud, y las primeras suyas que han llegado hasta nosotros, las Eglogas parecen haber sido objeto de la especial predileccion de su autor, y de ello tenemos un indicio vehemente en la especie de complacencia con que las recuerda, señaladamente al fin de las Geórgicas y al principio de la Eneida. Muchas razones justifican aquella predileccion. En primer lugar, Virgilio era aficionadísimo á la vida y á las labores del campo, de lo cual dan testimonio todos sus escritos, y era muy natural que se recrease en el ejercicio de la poesía bucólica: á las Eglogas debió su primera celebridad en Roma, y esa celebridad le valió, primero la proteccion y luego la amistad íntima de Mesala, Galo,