Pensamientos (Rousseau 1824): 11

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AMOS Y CRIADOS.


 Toda casa bien arreglada es la imágen del alma del dueño. Los techos dorados, el lujo y la magnificencia no anuncian otra cosa que la vanidad del que los ostenta, en vez de que en todas partes donde veamos reinar el órden sin tristeza, la paz sin esclavitud, la abundancia sin profusion, digamos con confianza: Un ser dichoso es el que manda aquí.

 Un padre de familia que vive con gusto en su casa ó hacienda, tiene por premio de los cuidados que se toma por ella el goce continuo de los mas dulces sentimientos de la naturaleza. Solo entre todos los mortales es

dueño de su propia felicidad, porque es feliz como Dios mismo (permítaseme decirlo asi), sin desear nada mas que lo que goza: como este Ser inmenso, no piensa en estender sus posesiones, sino en hacerlas verdaderamente suyas por las relaciones mas perfectas y la mas arreglada direccion. Si no se enriquece por nuevas adquisiciones, se enriquece poseyendo mejor lo que tiene: ántes no gozaba sino de las rentas de sus tierras, ahora goza tambien de estas mismas, presidiendo á su cultura y recorriendolas sin cesar: le era estraño su criado, hace su fortuna y la de su hijo, y se le apropia; no tenia derecho sino sobre las acciones, y se le adquiere sobre las voluntades; en fin, no era amo sino á precio de plata, y consigue serlo por el sagrado imperio de la estimacion y de los beneficios.

 Es un gran error en la economía doméstica, asi como en la vida civil, querer combatir un vicio por otro, ó formar entre ámbos una especie de equilibrio, como si lo que mina los fundamentos del órden pudiese jamas servir para establecerlo; por esta mala policía no se hace otra cosa que reunir todos los inconvenientes. Los vicios

tolerados en una casa no reinan solos en ella; dejemos germinar uno, y en seguida nacerán mil.

 En una casa en que el amo es querido y respetado sinceramente, mirandose todos sus criados como perjudicados en las pérdidas que le pusiesen menos en estado de recompensar á uno que le sirve bien, son igualmente incapaces de tolerar en silencio el daño que quisiese hacerle alguno de ellos. Es seguramente una policía bien sublime la que sabe transformar asi el vil oficio de acusador en una funcion de celo, de integridad y de valor, tan noble ó á lo menos tan laudable como lo era entre los Romanos.

 El precepto de cubrir las faltas de su prójimo no se refiere sino á aquellas que no hacen daño á nadie: una injusticia que se vé, y se calla perjudicando á un tercero, la comete uno mismo; y como solamente el sentimiento de nuestros propios defectos es el que nos obliga á perdonar los de otro, nadie quiere tolerar á los bribones, á menos que el que los encubre no lo sea tambien. Estos principios, en general verdaderos de hombre á hombre, son aun mucho mas rigorosos en la estrecha relacion de criado á amo.

 ¿Que pensarémos de esos amos indiferentes á todo menos á su interes, que no quieren mas que ser bien servidos, sin inquietarse por lo demas que hacen sus criados? Los que solo se contentan con ser bien servidos, no lo serán largo tiempo: las uniones muy íntimas entre los dos sexos jamas producen sino mal: de los conciliábulos que se forman entre las criadas y camareras nacen la mayor parte de los desórdenes de una casa. La armonía ó buena inteligencia de los hombres y las mugeres entre sí no es bastante seguridad para sacar consecuencia alguua; pero sin embargo entre hombres y mugeres se establecen siempre esos ocultos monopolios que á la larga arruinan las familias mas opulentas.

 La insolencia de los criados anuncia mas bien un amo vicioso que débil; porque nada les da tanta audacia como el conocimiento de sus vicios, y todos los que descubren en él son otras tantas dispensas de obedecer á un hombre á quien ya no podrían respetar.

 Los criados imitan á los amos; mas imitandolos groseramente, manifiestan en su conducta los defectos que en estos oculta mejor el barniz de la educacion.

 Quien no se incomoda viendose despreciado y aborrecido de sus criados, y se cree sin embargo bien servido de ellos, es porque se contenta con ver una exactitud aparente, sin cuidarse de mil males secretos que incesantemente le hacen, y cuyo origen jamas percibe. Pero ¿donde está el hombre, se me dirá, tan falto de honor para poder soportar los desprecios de todos los que le rodean? ¿donde la muger bastante perdida para ser insensible á los ultrajes? ¿Cuantas señoras en Paris y Londres se creen muy honradas y respetadas, y se derretirian en lágrimas si oyesen lo que se dice de ellas en su antecámara? Felizmente para su reposo se tranquilizan sobre esto, teniendo por imbéciles á estos Argos, lisonjeandose de que nada ven de lo que ellas mismas no se dignan ocultarles. Asi los criados en su sediciosa obediencia casi no les ocultan á su vez el desprecio que les merecen. En fin, amos y criados conocen mutuamente que no vale la pena el hacerse estimar unos de otros.

 En todas las cosas el ejemplo de los amos es mas fuerte que la autoridad, y no es natural que sus criados quieran ser mas honrados que ellos.

 Si se examina de cerca la policía de las casas grandes, se vé claramente que es imposible á un amo que tiene veinte criados llegar á saber si hay entre ellos un hombre de bien, y que no tome por tal al mas malo y bribon de todos. Esto solo podria disgustar á cualquiera de contarse en el número de los ricos. Uno de los mas dulces placeres de la vida, el de la constancia y estimacion, es nulo para estos desgraciados: seguramente compran bien caro todo su oro.