Pensamientos (Rousseau 1824): 12

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EL CAMPO.


 El trabajo del campo es muy agradable de considerar, y nada tiene bastante penoso en sí mismo que escite á compasion. El objeto de la utilidad pública y privada le hace interesante, y aun es la primera vocacion del hombre; ofrece al espíritu una idea muy halagüeña, y al corazon todos los encantos de la edad de oro. La imaginacion no permanece fria é indiferente al aspecto de la labranza y de las mieses: la simplicidad de la vida pastoral y campestre tiene siempre alguna cosa que conmueve, al ver

los prados cubiertos de gente que siega la yerba, cantando alegremente, y los ganados esparcidos á lo largo, sin saber por que se enternece uno. Asi la voz dé la naturaleza ablanda muchas veces nuestros corazones, y aun cuando se la oiga con un sentimiento inútil, es sin embargo tan dulce que jamas se la oye sin placer.

 Las gentes de la ciudad no saben amar el campo, ni aun estar en él: apénas cuando lo estan, saben lo que allí se bace: se desdeñan de sus trabajos y de sus placeres, porque los ignoran: ¿y es estraño que les disguste, estando en él como en pais estrangero? Es menester ser aldeano, ó no ir al campo; porque ¿que es lo que se va á hacer allí? Los habitantes de Paris que creen ir al campo, no van á él, llevan á Paris consigo. Los cantores, los talentos, los autores y los parasitos forman la comitiva que les sigue. El juego, la música y la comedia son en él su ocupacion: si añaden á ella alguna vez la caza, la hacen con tanta comodidad, que no tienen la mitad de fatiga ni disfrutan la mitad del placer. Su mesa está cubierta y servida como en Paris: comen á las mismas horas que allí, se les sirven los mismos manjares

con el mismo aparato; hacen las mismas cosas; en fin, tanto valdría estar en Paris, porque por muy rico que uno pueda ser, y por mucho cuidado y precaucion que haya tomado, siempre se esperimenta alguna privacion, y no podria llevar consigo á Paris todo entero. Asi esta variedad que los cortesanos aman tanto, la huyen: jamas conocen mas que un modo de vivir, y siempre estan fastidiados de él.

 La simplicidad, repito, de la vida pastoral y campestre siempre tiene alguna cosa que conmueve. No puede uno sustraerse á la dulce ilusion de los objetos que se presentan á la vista: se olvida de su siglo y sus contemporáneos, se transporta al tiempo de los patriarcas. ¡Oh tiempo del amor y de la inocencia, en que los hombres eran tan sencilios y vivían tan contentos! ¡Oh Raquel, jóven encantadora y tan constantemente amada! ¡feliz aquel que por obtenerte no sintió catorce años de esclavitud! ¡Oh dulce discípula de Noemi, feliz el buen anciano á quien calentabas los piés y el corazon! No, jamas reina la hermosura con mas imperio que en medio de los cuidados campestres. Allí es donde estan las gracias sobre su

trono, donde las adorna la simplicidad, las anima la alegria, y donde es menester adorarlas á pesar de sí mismo.

 Hay una impresion general que todos los hombres esperimentan, aunque no todos la observen; y es que sobre las altas montañas, en donde el aire es puro y sutil, se esperimenta mas facilidad en la respiracion, mas ligereza en el cuerpo, mas serenidad en el espíritu: los placeres son allí menos ardientes, las pasiones mas moderadas. Allí las meditaciones toman yo no sé que carácter grande y sublime, proporcionado á los objetos que nos afectan; yo no sé que voluptuosidad tranquila que nada tiene de acre ni de sensual. Parece que elevandose uno sobre la morada de los hombres, se dejan en ella todos los sentimientos bajos y terrestres: que á proporcion que uno se acerca á las regiones etéreas, el alma contrae algo de su inalterable pureza. Allí es uno grave sin melancolía, pacífico sin indolencia, contento de ser y de pensar: se embotan todos los deseos demasiado vivos, pierden la aguda punta que los hace dolorosos; no dejan en el fondo del corazon mas que una emocion ligera y suave; y asi es que un

clima feliz hace servir á la felicidad del hombre las pasiones que en otra parte le atormentan. Dudo que ninguna agitacion violenta, ninguna enfermedad de vapores pudiese resistir contra semejante permanencia prolongada; y estoy sorprendido de que los baños del aire saludable y bienhechor de las montañas no sean uno de los grandes remedios de la medicina y de la moral.