Pensamientos (Rousseau 1824): 17

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Viages
Pensamientos de Jean-Jacques Rousseau
Sátira del siglo presente
Hombre

SATIRA DEL SIGLO PRESENTE.


 Los antiguos políticos hablaban incesantemente de costumbres y de virtudes: los

nuestros solo hablan de comercio y de dinero.

 Nuestra admiracion solo recae sobre el saber, el espíritu y el valor. ¡Y tú, dulce y modesta virtud, siempre quedas sin honores! ¡Cuan ciegos somos en medio de tantas luces! Víctimas de nuestros insensatos aplausos, jamas sabrémos cuanto desprecio y aborrecimiento merece todo hombre que, para desgracia del género humano, abusa del genio y de los talentos que la naturaleza le da.

 Los antiguos tenían héroes y presentaban hombres sobre sus teatros: nosotros por el contrario no presentamos en ellos sino héroes, y apénas tenemos hombres. Los antiguos en frases menos estudiadas y pomposas hablaban de humanidad, pero sabían ejercerla mejor. Bien podría aplicarse á ellos y á nosotros un pasage referido por Plutarco, y que no puedo menos de transcribir aquí. Un anciano de Atenas buscaba sitio en que colocarse en un espectáculo, y no le hallaba: viendole algunos jóvenes en este apuro, le hiciéron señas desde lejos; vino el anciano, pero ellos se estrecháron y se burláron de él: el buen hombre dió de este modo la vuelta


á todo el teatro, demasiado embarazado de su persona, y siempre gritado de la juventud. Notandolo los embajadores de Esparta, y levantandose al punto, colocaron honorificamente entre ellos al anciano. Esta accion fué aplaudida por todos los concurrentes. ¡Ah que desgracia! esclamó dolorosamente el anciano: los Atenienses saben lo que es honesto y virtuoso, pero los Lacedemonios lo practican. He aquí la filosofía moderna y las costumbres de los antiguos.

 Yo observo que estas gentes tan pacíficas sobre las injusticias públicas, son siempre los que mas ruido meten al menor perjuicio que se les ocasiona, y que no conservan su filosofía sino en tanto que no la necesitan para sí mismos. Se parecen á aquel Irlandés que no queria levantarse de la cama, aunque habia fuego en la casa. ¡Que se quema la casa! se le grita: ¿Que me importa? responde, yo no soy mas que el inquilino: al fin penetra el fuego hasta él; al momento se arroja de la cama, corre, grita, se agita, y principia á comprender que algunas veces es necesario tomar interes por la casa que se habita, aunque no nos pertenezca.

 Es tan general y unida la sociedad en las

grandes ciudades, que no hay un asilo para el retiro, y aun en la propia casa de uno se está al público. A fuerza de vivir con todo el mundo, ya no se tiene familia; apénas conoce uno á sus parientes, se les mira como estraños; y la simplicidad de nuestras costumbres domésticas se estingue, como igualmente la dulce familiaridad que hacia su encanto.

 La urbanidad, ó lo que es lo mismo, la política francesa, es reservada y circunspecta, y se rige únicamente por lo esterior: la de la humanidad desprecia los frivolos cumplimientos, y de lo que menos se precia es de distinguir á la primera ojeada los estados y los rangos, pues en general respeta á todos los hombres.

 Veo que no podria usarse un lenguage mas cortés que el de nuestro siglo, y he aquí lo que me admira; pero veo tambien que no podrian tenerse costumbres mas corrompidas, y he aquí lo que me escandaliza. Pensamos que hemos llegado á ser honestos, porque á fuerza de dar nombres decentes á nuestros vicios, hemos aprendido á no avergonzarnos de ellos.

 Un habitante de un pais lejano, que tratase

de formarse una idea de las costumbres europeas acerca del estado de las ciencias entre nosotros, de la perfeccion de nuestras artes, de la decencia y compostura de nuestros espectáculos, de la urbanidad de nuestros modales, de la afabilidad de nuestros discursos, de nuestras perpetuas demostraciones de benevolencia, y en fin, de ese tumultuoso concurso de hombres de todas edades y de todos estados, que parecen esclusivameute ocupados en obligarse recíprocamente: este estrangero, digo, adivinaria exactamente lo contrario de lo que son nuestras costumbres.

 En el dia, en que ya el arte de agradar se baila reducido á principios por las mas minuciosas observaciones y por un gusto mas delicado, reina en nuestras costumbres una vil y engañosa uniformidad, y todos los talentos parecen vaciados en un mismo molde: sin cesar la política exige, la urbanidad ordena; sin cesar se siguen los usos y jamas el genio propio: no nos atrevemos á parecer lo que somos: es preciso, para conocer al amigo, esperar á las grandes ocasiones, es decir, esperar á que ya no sea tiempo de conocerle.

 Un maestro Lacedemonio, á quien por burla se preguntaba ¿que enseñaría á su discípulo? respondió: le ensenaré á amar las cosas honestas. Si yo hallase entre nosotros á semejante hombre, le diria al oido: guardaos bien de hablar asi, porque jamas tendréis discípulos; pero decidles que les enseñaréis á charlar, agradablemente, y yo respondo de vuestra fortuna.

 En vez de las armas que en otro tiempo se pintaban en los coches y carrozas, en el dia se les adorna á costa de grandes gastos, de pinturas escandalosas, como si fuese mejor darse anticipadamente á conocer á los pasageros por un hombre de malas costumbres, que por un hombre de calidad. Lo que mas incomoda, es que sean las mugeres las que han introducido este uso, y las que le sostienen. Un nombre sabio á quien se enseñaba una carroza de esta especie, no bien hubo echado los ojos sobre los paneles de ella, cuando dejó á su dueño diciendole: Enseñad esta corroza á mugeres de corte; un hombre honrado no se atrevería á servirse de ella.

 Nuestros jardines estan adornados de estatuas, y de pinturas nuestras galenas. ¿Y

que pensaréis que representan estas obras maestras del arte espuestas á la admiracion pública? ¿Los defensores de la patria, ó esos hombres aun mas grandes que la han enriquecido con sus virtudes? No, seguramente: representan imágenes de todos los estravíos del corazon y de la razon, cuidadosamente sacadas de la antigua mitología, y presentadas muy temprano á la curiosidad de nuestros hijos, para que ántes de saber leer tengan á la vista modelos de malas acciones.

 Nuestros escritos se resienten de nuestras frívolas ocupaciones, agradables si se quiere, pero que pequeñas y frias como nuestros sentimientos, todo su mérito consiste en darles aquel aire que cuesta tan poco dar á unas bagatelas. Esa multitud de obras efímeras que diariamente aparecen, no estando hechas sino para divertir á las mugeres, y careciendo de fuerzas y profundidad, desde el tocador vuelan todas al especiero, y este es el medio de volver á escribir incesantemente los mismos libros, y de hacerlos siempre nuevos. Pueden citarseme dos ó tres que servirán de escepcion, pero yo citaré cien mil que confirmarán la regla. Por esto la mayor parte de las producciones

de nuestra edad pasarán con ella, y la posteridad creerá que en este siglo se han hecho pocos libros, á pesar de haberse hecho tantos.

 Nada es la virtud en el gran mundo: no es todo en él mas que vana apariencia. Borranse los crimenes por la dificultad de probarlos; contra el uso que los autoriza, la prueba misma seria ridícula, y he aquí por que la debilidad de una jóven amante es un crimen irremisible, mientras que al adulterio de una casada se le da el nombre de galanteria. En casandose, cualquiera se desquita abiertamente de la poca sujecion é incomodidad en que vivía siendo soltera.

 No siendo el género humano de una edad el género humano de otra, he aquí por que Diogenes no hallaba al hombre que buscaba, esto es, porque buscaba entre sus contemporáneos al hombre de un tiempo que ya no existia: del mismo modo Caton pereció con Roma y la libertad, porque existió fuera de su siglo; y asi es que el mas grande de los hombres no hizo mas que admirar al mundo alguien quinientos años antes hubiera gobernado.

 Uno de los objetos favoritos de las conversasiones

de las gentes de calidad, es el sentimiento; pero no se debe entender por esta palabra una efusion afectuosa en el serio del amor ó de la amistad, es únicamente el sentimiento puesto en grandes máximas, y quintaesenciado por todo lo mas sutil que tiene la metafísica; son pues sutilezas inconcebibles. El sentimiento entre estas gentes es como Homero entre los pedantes, que le descubren mil bellezas quiméricas por no saber percibir las verdaderas: de este modo el sentimiento se gasta en espíritu, se exhala tanto en el discurso, que nada queda para la práctica. La urbanidad todo lo suple; por el uso se hacen casi las mismas cosas que se harian por sensibilidad, á lo menos en tanto que no cuestan mas que fórmulas y algunas pequeñas incomodidades que se impone uno á sí mismo, para hacer que hablen bien de sí; porque cuando los sacrificios llegan hasta incomodar largo tiempo, ó á costar muy caros, se acabó el sentimiento: la urbanidad no lo exige hasta este punto.

 Todo se halla arreglado, pesado y medido en lo que se llama modos ó procederes: todo lo que ya no existe en los sentimientos, lo han puesto en regla entre sí los hombres

de mundo. Nadie se atreve á ser el mismo: es menester hacer como los demas, es la primera máxima de la sabiduria. Esto se hace, esto no se hace, he aquí la decision suprema. Establecidas asi estas reglas, todo el mundo hace á la vez la misma cosa en las mismas circunstancias: todo se hace por tiempos, como en las evoluciones de un regimiento en batalla, y sin duda podria decirse que somos como otras tantas figurillas clavadas en una misma tabla, ó sujetas con un mismo hilo.

 Bajo cualquier aspecto que se miren las cosas, todo en la sociedad no es mas que charla, fárrago y discursos sin consecuencia. Tanto sobre la escena como en el mundo, en vano se quiere escuchar lo que se dice: nada se aprende de lo que se hace. ¿Y que necesidad hay de aprenderlo? Tan pronto como ha hablado un hombre, ¿se ha informado uno de su conducta? ¿No lo ha hecho todo? ¿No está ya juzgado? El hombre de bien del dia no es el que hace buenas acciones, sino el que dice bellas cosas; y un solo discurso, hecho sin reflexion, puede causar un daño irreparable al que lo pronuncia, que no borrarian cuarenta años de integridad. En una palabra, aunque las obras de

los hombres apénas se parecen á sus discursos, veo que solo se les pinta por estos sin atender á aquellas: veo tambien que en una gran ciudad la sociedad parece mas suave, mas fácil y aun mas segura que entre gentes menos estudiadas; pero ¿son con efecto allí los hombres mas humanos, mas moderados y mas justos? Lo ignoro: allí, sin embargo, no hay mas que apariencias; y lo que se me quiere probar con evidencia, es que solo el filósofo á medias atiende á la realidad de las cosas; que el verdadero sabio solo las considera por las apariencias; que debe tomar las preocupaciones por principios, las conveniencias por leyes, y que la mas sublime sabiduria consiste en vivir como los locos.

 En las sociedades privadas, en las cenas de convite en que está la puerta cerrada á todo el que puede sobrevenir sin que se le espere, es donde se observan menos las mugeres, y donde se puede principiar á estudiarlas. Allí reinan tranquilamente los discursos mas refinados y mas satíricos: allí es donde discretamente se pasa revista á las anécdotas, donde se dejan ver todos los hechos secretos de la crónica escandalosa, en donde lo bueno y lo malo se hace igualmente

chistoso y ridículo; y en donde, pintandose con arte y segun el interes particular los caracteres de los personages, cada interlocutor traza mucho mejor, sin pensar en ello, el suyo propio: allí, en una palabra, es donde se afila cuidadosamente el puñal bajo el pretesto de hacer menos mal, siendo en efecto para profundizar mas con él.

 Estos discursos, sin embargo, son mas burlones que mordaces, y recaen menos sobre el vicio que sobre la crítica. En general se hace poco uso de la sátira en las grandes ciudades, en donde es tan simple todo lo que no es mas que malo, que apénas merece la pena de hablarse de ello. ¿Que queda pues que criticar en donde ya no se aprecia la virtud? ¿Y de que se murmuraria cuando ya nada se tiene por malo? En Paris sobre todo, en donde solo se ven las cosas por el lado agradable, es siempre mal recibido todo lo que debe encender la cólera ó la indignacion, si no se pone en cancion ó en epigrama.

 Las mugeres lindas no gustan de enfadarse, y asi es que raramente se enfadan; gustan de reir, y como no hay en el crimen una palabra que escite la risa, los bribones

son tan honrados como todos los demas; pero desgraciado aquel que dé motivo á que se le ponga en ridículo: su marca cáustica es indeleble: no solamente despedaza las costumbres y la virtud, sino que hace impresion hasta en el vicio mismo; hace calumniar hasta á los malvados.

 Lo mas admirable en estas sociedades selectas es ver á seis personas escogidas espresamente para divertirse juntas, y entre las cuales reinan tambien muchas veces uniones secretas, que no puedan permanecer una hora ceñidas en su conversacion á sí mismas, sin hacer intervenir en ella á la mitad de Paris; como si sus corazones nada tuviesen que decirse, y como si no hubiese en su sociedad persona que mereciese interesarlas.

 Si por casualidad la conversacion recae sobre los convidados, es comunmente en cierto lenguage enigmático de sociedad, cuya clave es necesario tener para entenderle. A favor de esta cifra se hacen recíprocamente, y segun el gusto del tiempo, mil chanzas pesadas en las cuales no es el que menos brilla el mas necio, miéntras que un tercero, mal instruido en la tal cifra, se halla reducido al fastidio, ó á reír de lo que no entiende.

 Que en medio de esto aventure un hombre de forma un discurso grave ó agite una cuestion seria, al punto la atencion comun se fija sobre este nuevo objeto: hombres, mugeres, ancianos y jóvenes se ponen á considerarle bajo todos sus aspectos, y se admira uno del juicio y de la razon que como á porfía salen de estas frivolas cabezas, con tal que una chanza imprevista no venga á desordenar esta gravedad; porque entónces cada uno vuelve á su antiguo tono, toda gravedad desaparece, y ya no hay medio de volver á tomar el tono de seriedad de ántes.

 No se discutiria mejor un punto de moral en una sociedad de filósofos, que lo es en la de una belleza de Paris: quizá fuesen en aquella menos severas muchas veces las conclusiones, porque el filósofo que quiere obrar como habla, vé allí en dos veces; pero aquí, en donde toda la moral es puro palabras, se puede ser austero sin consecuencia, y no se incomodaria nadie mucho para rebatir un poco el orgullo filosófico, en poner tan alta la virtud que aun el sabio mismo no pueda alcanzar á ella. Por lo demas, hombres y mugeres, instruidos todos por la esperiencia del mundo, y sobre todo por su conciencia,

se reunen para pensar de su especie todo lo mal que es posible, siempre filosofando tristemente, siempre degradando por vanidad á la naturaleza humana, siempre buscando en algun vicio la causa de todo lo bueno que se hace, y siempre, en fin, murmurando por su propio corazon del corazon del hombre.

 ¿Que creeréis que se aprende en las conversaciones tan agradables de las grandes sociedades? ¿A juzgar sanamente de las cosas del mundo? ¿á hacer buen uso de la sociedad? ¿á conocer á lo menos á las gentes con quienes se vive? Nada de eso. Solo se aprende en ellas á defender la causa de la mentira, á trastornar á fuerza de filosofía todos los principios de la virtud, á dar un colorido á sus pasiones y preocupaciones con sofismas sutiles, y al error un cierto aire de moda segun las máximas del dia. No es necesario conocer el carácter de las personas, sino solamente sus intereses, para adivinar poco mas ó menos lo que dirán de cada cosa. Cuando un hombre habla, su hábito es, por decirlo asi, quien tiene un sentir, y lo mudará sin reparo tan frecuentemente como mude de estado. Dadle alternativamente una larga peluca, un uniforme y una cruz pectoral

le oiréis sucesivamente predicar con el mismo celo las leyes, el despotismo, y la inquisicion. Hay una razon que es comun á la ropa, otra á la hacienda, y otra á la espada: cada una prueba muy bien que son malas las otras dos, consecuencia fácil de sacarse por las tres. Asi nadie dice jamas lo que piensa, sino lo que le conviene hacer pensar á otro; y el aparente celo que los hombres muestran por la verdad, jamas es en ellos otra cosa que la máscara del interes.

 Creeréis que las gentes aisladas y que viven en la independencia tienen á lo menos un espíritu propio de ellas mismas; nada de eso: son otras tantas máquinas que no piensan y que se les hace pensar por resortes. No hay mas que informarse de sus sociedades, de sus tertulias, de sus amigos, de las mugeres que tratan, y de los autores que conocen: en esto puede anticipadamente establecerse su futuro sentir sobre un libro que va á publicarse y que no han leido, sobre una pieza pronta á representarse y que no han visto, sobre tal ó cual sistema del que ninguna idea tienen; y como el relox que ordinariamente no se le da cuerda sino para veinte y cuatro

horas, todas estas gentes van cada noche á aprender en sus tertulias lo que pensarán al dia siguiente.

 Tambien hay un corto número de hombres y mugeres que piensan para todos los demas, y por los cuales todos los otros hablan y obran; y como cada uno piensa en su interes, y ninguno en el bien comun; y como todos los intereses particulares son siempre opuestos entre sí, es un choque perpetuo de partidos y de cabalas, y un flujo y reflujo de preocupaciones y de opiniones contrarias, en que los mas fogosos, animados por los otros, casi jamas saben de lo que se trata. Cada sociedad tiene sus reglas, sus juicios, sus principios, que en otra parte no son admitidos. El hombre honrado de una casa es un bribon en la del vecino. El bueno, el malo, el hermoso, el feo, la verdad, la virtud, solo tienen una existencia local y circunscrita. Cualquiera que gusta de tratar muchas personas y frecuenta muchas sociedades, debe ser mas flexible que Alcibiades; variar de principios como de reuniones; modificar su espíritu, por decirlo asi, á cada paso, y medir á palmos sus máximas: es necesario que en cada visita deje

al entrar su modo de pensar, si tiene alguno; que tome otro conforme á la índole de la casa, asi como un lacayo toma un vestido de librea, que le deja del mismo modo al salir; y que vuelva á tomar el suyo, si quiere, hasta otro nuevo cambio.

 Hay mas; y es que cada uno se pone continuamente en contradiccion consigo mismo sin que lo tenga por reprensible: se tienen unos principios para la conversacion, y otros para la práctica: su oposicion á nadie escandaliza, y parece haber una convencion en que jamas se reunirán entre si. No se exige, ni aun de un autor (sobre todo si es moralista) que hable como sus libros, ni aun que obre como habla. Sus escritos, sus discursos y su conducta son tres cosas diferentes que no está obligado á conciliar. En una palabra, todo es absurdo y nada choca, proque se está acostumbrado á ello; y aun en esta inconsecuencia hay una especia de bien parecer de que se precian muchas gentes. En efecto, aunque todos predican con celo la máxima de su profesion, todos sin embargo se precian de tener el rango de otro. El magistrado toma el aire del caballero, el arrendador hace del señor, el cortesano

habla de filosofía, el hombre de estado de marcialidad: no hay nadie, hasta el simple jornalero, que no pudiendo tomar otro tono que el suyo, no se vista de negro los domingos para tener el aire de un palaciego. Solo los militares, despreciando todos los otros estados, conservan sin reparo el tono del suyo.

 Asi, pues, los hombres á quienes se habla no son aquellos con quienes se conversa: sus sentimientos no salen de su corazon, sus luces no existen en su espíritu, sus discursos no representan sus pensamientos, no se percibe de ellos mas que su figura; y en una tertulia se está poco mas ó menos como ante un cuadro movible, donde el espectador tranquilo es el único ser movido por sí mismo.

 ¡Cuan dulce seria vivir entre nosotros mismos, si el porte esterior fuese siempre la imágen de las disposiciones del corazon, si la decencia fuese la virtud, si nos sirviesen de regla nuestras máximas, si fuese inseparable la verdadera filosofía del título de filósofo! Pero raramente se juntan tantas cualidades, y la virtud casi no marcha con tan grande aparato.

 Penetremos, en medio de nuestras frívolas

demostraciones de benevolencia, á lo que pasa en el fondo de los corazones, y reflexionemos lo que debe ser un estado de cosas en el que todos los hombres se ven forzados á halagarse y destruirse mutuamente, y en el que nacen enemigos por deber, y embusteros por interes: cada hombre, se dice, gana en servir á los demas; sí, pero gana mas aun en hacerles daño: no hay ninguna utilidad tan legítima, que no se halle escedida por la que puede sacarse ilegítimamente; y el daño hecho al prójimo siempre es mas lucrativo que los servicios. Ya no se trata de mas que de asegurar los medios de la impunidad; y en esto emplean los poderosos todas sus fuerzas, y los débiles todas sus astucias.

 ¡Que contraste se advierte entre los discursos, los sentimientos y las acciones de las gentes honradas! Cuando veo á los mismos hombres mudar de máximas segun las sociedades en que se hallan, siendo molinistas en una, jansenistas en otra, viles cortesanos y aduladores en casa de un ministro, críticos sediciosos del gobierno en la de un descontento; cuando veo á un hombre, lleno de oro de arriba abajo, prohibir el lujo,

un arrendador los impuestos, un prelado el desarreglo: cuando oigo á una dama cortesana hablar de modestia, á un gran señor de virtud, á un autor de sinceridad, á un abate de religion, y que estos absurdos á nadie chocan; ¿no debo al punto concluir que aquí ya no se cuida de entender la verdad, sino de decirla; y que lejos de querer persuadir á los otros cuando se les habla, no se trata ni aun de hacerles pensar que se cree lo que se les dice?

 Los autores, los literatos y los filósofos no cesan de clamar que para llenar los deberes de ciudadano, para servir á sus semejantes, es menester habitar en las grandes ciudades: segun ellos, huir de París es aborrecer el género humano; el pueblo del campo nada es á sus ojos; y al oirlos, se creería que no hay hombres sino donde hay pensiones y academias. Poco mas ó menos la misma inclinacion arrastra á todos los estados. Los cuentos, las novelas, las piezas de teatro, todo recae sobre las provincias, todo las pone en ridículo; la simplicidad de las costumbres rústicas, todo predica los modales y los placeres del gran mundo; es una vergüenza no conocerlos, es una desgracia

gracia no gustarlos. ¡Quien sabe de cuantos rateros y prostitutas puebla á Paris de dia en dia el atractivo de estos placeres imaginarios! Asi las preocupaciones y la opinion reforzando el efecto de los sistemas políticos, reunen, amontonan á los habitantes de cada país sobre algunos puntos del territorio, y dejan todo lo demas erial y desierto. Asi, para hacer brillar las capitales, se despueblan las naciones; y este brillo fútil, que hiere la vista de los necios, hace que la Europa camine á largos pasos á su ruina.

 Los Franceses del gran tono nada mas que á sí mismos cuentan en el universo: nada es á sus ojos todo lo demas. Tener un coche magnífico, un volante, un mayordomo, es ser como todo el mundo. Para ser como todo el mundo, es preciso ser como pocas personas. Los que andan á pié no son del mundo, son plebeyos, esto es, hombres del pueblo, gente del otro mundo; y se diria que un coche no tanto es necesario para hacerse conducir en él, como para existir.