Pensamientos (Rousseau 1824): 21

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Pensamientos de Jean-Jacques Rousseau
Naturaleza del hombre, inmaterialidad del alma
Razon
NATURALEZA DEL HOMBRE, INMATERIALIDAD DEL ALMA.


 Reflexionando sobre la naturaleza del hombre, descubro en ella dos principios distintos, de los cuales el uno le eleva al estudio de las verdades eternas, al amor de la justicia y de la belleza moral, á las regiones del mundo intelectual, cuya contemplacion forma las delicias del sabio; y el otro le hace entrar humildemente en sí mismo, le sujeta al imperio de los sentidos, á las pasiones que son sus ministros, y por ellas contraría todo lo que le inspira el sentimiento del primero. Sintiendome arrastrado y combatido por estos dos movimientos opuestos, me digo á mí mismo: No, el hombre no es uno; yo quiero y no quiero; me siento al mismo tiempo esclavo y libre: veo el bien, le amo, y hago el mal: soy activo cuando escucho la razon, pasivo cuando me arrastran mis pasiones; y el mayor tormento que tengo cuando me rindo á ellas, es conocer que he podido resistir.

 Si es una inclinacion innata al hombre preferirse á todo, y es sin embargo innato

en el corazon humano el primer sentimiento de la justicia, que aparte estas contradicciones el que hace del hombre un ser simple, y ya no reconozco mas que una sustancia. Por esta palabra sustancia comprendo en general el ser dotado de alguna cualidad primitiva, y hecha abstraccion de todas las modificaciones particulares ó secundarias. Si pues todas las cualidades primitivas que conocemos pueden reunirse en un mismo ser, no debe admitirse sino una sustancia; pero si hay algunas que la escluyan mutuamente, hay otras tantas diferentes sustancias de quienes pueden hacerse semejantes esclusiones.

 No necesito, diga lo que quiera Locke, conocer la materia sino como estensa, y divisible, para estar seguro de que no puede jamas pensar; y aun cuando un filósofo venga á decirme que los árboles sienten y que piensan las rocas, en vano querrá hacerme dudar con sus sutiles argumentos: no puedo ver en él mas que un sofista de mala fe, que quiere mas dará las piedras el sentimiento, que conceder al hombre un alma.

 Supongamos un sordo que niegue la existencia de los sonidos, porque jamás han herido

su oido: pongo á su vista un instrumento de cuerda, y hago tocar su unísono en otro instrumento oculto: el sordo vé vibrar la cuerda, yo le digo: el sonido es el que hace eso. No hay tal, responde él; la causa de la vibracion de la cuerda está en ella misma, es una cualidad comun á todos los cuerpos el vibrar asi. Pues mostradme, le replico, esta vibracion en los otros cuerpos, ó á lo menos su causa en esta cuerda. No puedo, responde el sordo; pero, porque yo no concibo como vibra esta cuerda, ¿quereis que vaya á esplicarlo por medio de vuestros sonidos de que no tengo la menor idea? eso es esplicar un hecho oscuro: ó hacedme sensibles vuestros sonidos, ó digo que no existen. Cuanto mas reflexiono sobre el pensamiento y la naturaleza del espíritu humano, mas me convenzo de que el raciocinio de los materialistas se parece al de este sordo. Son sordos en efecto á la voz interior que en un tono difícil de desoirse, les grita: una máquina no piensa, no hay en ella ni movimiento ni figura que produzca la reflexion: alguna cosa dentro de tí procura romper los vínculos que la comprimen: no es el espacio tu medida; el universo entero no es demasiado grande para tí; tus sentimientos, tus deseos, tu inquietud, tu mismo orgullo, tienen otro principio que ese estrecho cuerpo en que te sientes encadenado.

 Si el alma es inmaterial, puede sobrevivir al cuerpo, y si le sobrevive, está justificada la Providencia. Aun cuando yo no tuviese otra prueba de la inmaterialidad del alma que el triunfo del malo y la opresion del justo en este mundo, esto solo no me dejaria dudar de ella. Una disonancia tan chocante en la armonía universal me haria que procurase resolverla. Me diria á mí mismo: no acaba todo para nosotros con la vida; con la muerte todo vuelve á entrar en el órden. Yo á la verdad me veria indeciso al preguntarme ¿donde está el hombre, cuando todo lo sensible que habia en él se ha destruido? Esta pregunta no es una dificultad para mí, tan luego como he reconocido dos sustancias. Es cosa muy sencilla que durante mi vida corporal, no percibiendo nada sino por mis sentidos, se les escape lo que no está sometido á ellos. Cuando se ha disuelto la union del cuerpo con el alma, concibo que puede destruirse el uno, y conservarse la otra. ¿Por que la destruccion de

aquel ha de acarrear la de esta? Al contrario, siendo de naturalezas tan diferentes, se hallaban por su union en un estado violento; y cuando cesa esta union, ambas vuelven á entrar en su estado natural. La sustancia activa y viviente recobra toda la fuerza que gastaba en mover la pasiva y muerta. ¡Ah! demasiado lo siento por mis vicios. El hombre durante su vida no vive sino á medias, y la vida del alma no principia hasta la muerte del cuerpo.

 Concibo como se consume y destruye el cuerpo por la desunion de sus partes; pero no puedo concebir semejante destruccion del ser que piensa; y no imaginando como puede morir, presumo que no muere. Y pues que me consuela esta presuncion, y que no se opone á la razon, ¿por que he de temer abandonarme á ella?

 Siento mi alma, la conozco por el sentimiento y el pensamiento: sé que existe, sin saber cual es su esencia: no puedo raciocinar sobre ideas que no conozco: lo que sé bien, es que la identidad del yo se prolonga solo por la memoria, y que para ser efectivamente el mismo, es necesario que me acuerde de haber sido. Pero despues de mi

muerte no podria acordarme de lo que he sido durante mi vida, sin acordarme tambien de lo que he sentido, y por consiguiente de lo que he hecho; y no dudo de que esta memoria constituya un dia la felicidad de los buenos y el tormento de los malos. En la tierra mil ardientes pasiones absorven el sentimiento interno y acallan los remordimientos. Las humillaciones y las desgracias que trae consigo el ejercicio de las virtudes impiden sentir todo su encanto. Pero cuando libres de las ilusiones que nos causan el cuerpo y los sentidos, gocemos de la contemplacion del Ser Supremo y de las eternas verdades de que es el manantial; cuando la belleza del órden embargue todas las potencias de nuestra alma, y cuando nos ocupemos únicamente en comparar lo que hemos hecho con lo que hemos debido hacer, entónces la voz de la conciencia recobrará su fuerza y poderio, entónces la voluntad pura que nace del contento de sí mismo, y el amargo dolor de haberse envilecido, distinguirán con sentimientos inagotables la suerte que cada uno se haya preparado.

 Cuanto mas me recojo dentro de mí mismo, cuanto mas me examino, mas claramente leo

escritas en mi alma estas palabras: Sé justo, y serás feliz. Mas no es asi si contemplamos el actual estado de cosas; prospera el malo, y el justo vive oprimido. ¡Que indignacion escita en nosotros el ver frustrada esta esperanza! La conciencia se exalta y murmura contra su autor, y gimiendo le clama: me has engañado. ¡Te he engañado, temerario! ¿Quien te lo ha dicho? ¿Está aniquilada tu alma? ¿Has dejado de existir? ¡Oh Bruto! ¡oh hijo mio! no manches tu noble vida al acabarla. No dejes en los campos de Filipo con tu cadáver tu esperanza y tu gloria. ¿Por que dices: la virtud no es nada, cuando vas á gozar el premio de la tuya? ¿Piensas que vas á morir? no, vas á vivir, y entónces es cuando te cumpliré lo que te he prometido.