Pensamientos (Rousseau 1824): 32

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JOVENES SOLTERAS.


 Las niñas no solo deben ser vigilantes y laboriosas, sino que debe tenerselas sujetas desde muy pronto. Esta desgracia, si efectivamente lo es para ellas, es inseparable de su sexo, y jamas se libertan de ella sino para padecer otras mas crueles. Toda su vida estarán sujetas á la opresion mas continua y severa, cual es la de los miramientos: es preciso ejercitarlas desde luego á la violencia, para que jamas les cueste trabajo hacersela á si mismas, y á domar sus caprichos para someterlos á la voluntad de otro.

 Una muchacha que quiere á su madre á su aya, trabajará á su lado todo el dia sin disgusto; la sola charla la indemnizará de toda su fatiga; pero si la es insoportable la que la gobierna, tomará el mismo disgusto á todo lo que haga á su vista. Es demasiado difícil que las que no se hallan mas bien con sus madres que con nadie en el mundo, puedan algun dia hacer cosa buena; pero para juzgar

de sus verdaderos sentimientos, es necesario estudiarlas, y no fiarse en lo que ellas dicen, porque son halagüeñas, disimuladas, y saben disfrazarse desde muy temprano.

 La primera cosa que notan las niñas á medida que van creciendo, es que todos los atractivos del adorno no les bastan si ellas no los tienen en sus personas. Nadie puede darse la hermosura ni hallarse tan pronto en estado de atraer á los hombres; pero puede ya tratar de dar un giro agradable á sus ademanes, un acento lisonjero á su voz, componer su porte, andar con garbo, tomar actitudes graciosas, y por todas partes sacar ventajas. La voz se aumenta, se afirma y toma sonido; se desenvuelven los brazos, se asegura el paso, y echa de ver que de cualquiera modo que se ponga tiene un arte para hacerse mirar. Desde entónces ya no se trata solamente de aguja y de industria: nuevos talentos se presentan, y hacen sentir ya su utilidad.

 En Francia viven en conventos y colegios las doncellas, y las casadas corren el mundo. Entre los antiguos era todo al contrario: las jóvenes tenian muchos juegos y fiestas públicas, y las casadas vivian retiradas. Este

uso era mas racional y conservaba mejor las costumbres. Una especie de coquetería es permitida á las jóvenes casaderas: divertirse, es todo su gran objeto: las casadas tienen otros cuidados consigo, y ya no tienen que buscar maridos; pero en esta reforma no les saldria su cuenta, y por lo mismo son por desgracia las que llevan la voz.

 Es indigno de un hombre de honor abusar de la sencillez de una jóven doncella, para usurpar en secreto las mismas libertades que ella puede permitir delante de todo el mundo; porque ya se sabe lo que la decencia puede tolerar en público, pero se ignora ó se queda en la sombra del misterio aquel que se constituye juez único de sus caprichos.

 ¿Quereis inspirar á las jóvenes el amor de las buenas costumbres? Pues sin decirlas continuamente: «Sed cuerdas». dadlas un grande interes en serlo; hacedlas sentir y conocer todo el precio de la cordura, y se la haréis amar. No basta tomar este interes á lo lejos en lo futuro: mostradsele en el momento mismo, en las relaciones de su edad, y en el carácter de sus amantes. Pintadlas el hombre de bien, el hombre de

mérito; enseñadlas á reconocerle, á amarle, y á amarle por sí mismas; probadlas que bien sean amigas, mugeres, ó queridas, este hombre puede hacerlas felices. Traedlas á la virtud por la razon: hacedlas conocer que el imperio de su sexo y todas ses ventajas no penden solamente de su buena conducta y sus costumbres, sino tambien de la de los hombres: que tienen poca influencia sobre almas viles y bajas, y que no se sabe servir á su querida sino como se sabe servir á su querida sino como se saber servir á la virtud. Estad seguros que entónces, pintandolas las costumbres de nuestros dias, les inspiraréis un sincero disgusto ácia ellas; mostrandolas las gentes de moda, se las haréis despreciar, les daréis desvío ácia sus máximas, desprecio para sus vanas galanterías: les haréis nacer una mas noble ambicion, la de reinar sobre las almas grandes y fuertes; la de las mugeres de Esparta, que era mandar á hombres.

 Las mugeres no cesan de clamar que las educamos para ser vanas y coquetas, que incesantemente las divertimos con niñerías para permanecer nosotros con mas facilidad siendo los amos; y se nos quejan de los defectos que las echamos en cara. ¡Que locura

cura! ¿desde cuando se mezclan los hombres en la educacion de las niñas? ¿Quien impide á las madres educarlas como mejor les parezca? No tienen colegios. ¡Que desdicha tan grande! ¡Ah, plugiera á Dios que no los hubiese para los niños! con mas juicio y con mas honestidad se educarian. ¿Precisan acaso á vuestras hijas á perder el tiempo en boberías? ¿Las hacen que contra su voluntad pasen, á ejemplo vuestro, la mitad de su vida al tocador? ¿Os estorban que las instruyais ó las hagais instruir á vuestro gusto? ¿Es culpa nuestra si nos agradan cuando son bellas, si su melindres nos seducen, si el arte que aprenden de vosotras nos atrae y nos losonjea; si gustamos de verlas vestidas con elegancia; si las dejamos afilar á sus anchuras las armas con que nos sojuzgan? ¡Ah! resolveos á educarlas como á los hombres, que ellos os lo consentirán gustosos: cuanto ellas mas quieran parecerseles, menos los gobernarán, y entónces sí que ellos serán verdaderamente los amos.

 A fuerza de prohibir á las mugeres el canto, el baile y todas las diversiones del mundo, se las hace groseras, regañonas, é inaguantables en sus casas. Yo por mí querria

ria que una jóven Inglesa cultivase los talentos agradables para complacer al marido que haya de tener algun dia, con tanto esmero como los cultiva una jóven Albanesa para el harem de Ispahan. Los maridos, se dirá, no se curan demasiado de todos estos talentos. Creo que asi sea cuando estos talentos, lejos de emplearse en agradarles, no sirven sino de cebo para atraer á su casa jóvenes sin pudor que les deshonran. Pero ¿pensais que una casada amable y cuerda, adornada de semejantes talentos, y que los consagrase á la diversion de su marido, no aumentaria la felicidad de su vida, y no le estorbaria, al salir de su gabinete con la cabeza cansada, que fuese á buscar fuera de su casa otras diversiones? ¿No ha visto alguno familias felices, reunidas de esta suerte, donde cada uno pone su parte en las diversiones comunes? Que diga este si la confianza y la familiaridad que allí reina, si la inocencia y la dulzura de los placeres que allí se disfrutan, no compensan con ventaja lo que tienen de mas ruidoso los placeres públicos.