Pensamientos (Rousseau 1824): 34

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OBLIGACIONES DE LAS MADRES.

 El deber de las mugeres de alimentar á sus hijos es indudable; pero lo que se disputa es si, haciendo como ellas hacen un menosprecio de este deber, es igual á los hijos ser alimentados con su leche ó con la de otra cualquiera. Yo tengo esta cuestion cuyos jueces son los médicos; y por lo que á mí toca, pensaria tambien que es mejor que el niño tome el pecho de una nodriza sana que de una madre achacosa, si hubiese algun nuevo mal que temerse de la misma sangre que la ha formado.

 Pero ¿debe mirarse esta cuestion solamente bajo el aspecto físico? ¿Necesita menos el niño de los cuidados de una madre que de su pecho? Otras mugeres, las mismas bestas podrán darle la leche que ella le niega; pero el cuidado maternal con nada se suple. La que cria al hijo de otra en vez del suyo, es una mala madre, y ¿como será una buena nodriza? podrá llegar á serlo, pero será muy poco á poco; será necesario que el hábito cambie la naturaleza, y el

niño entretanto mal cuidado tendrá tiempo para morirse cien veces ántes que su nodriza tenga para él una ternura de madre.

 De esta misma ventaja resulta un inconveniente que por sí solo deberia quitar á toda mujer sensible el valor de dar á criar á su hijo por otra, y es que el de partir con esta el derecho de madre, ó mas bien enagenarlo: el de ver á su hijo amar á otra muger tanto ó mas que á ella; el de conocer que la ternura que conserva ácia su propia madre es una gracia, miéntras que la que tiene á su madre adoptiva es un deber.

 El modo con que se remedia este inconveniente es inspirando á los niños el desprecio ácia su nodriza, tratando á esta como á una verdadera criada. Cuando ha concluido su servicio, se le quita el niño, ó se la despide. Despues, á fuerza de desaires y de recibirla mal, se la desanima de venir á ver á su hijo de leche: al cabo de algunos años este ya no la vé ni la conoce. La madre que cree sustituirse á ella y reparar su negligencia por su crueldad, se engaña: en vez de formar un hijo tierno, hace un hijo de leche desnaturalizado, le acostumbra á la ingratitud, le enseña á despreciar algun dia á

la que le dió la vida, del mismo modo que á la que le alimentó con la leche de sus pechos.

 Sin madre no hay hijo: entre ámbos los deberes son recíprocos, y si por una parte se desempeñan mal, será desatendidos por la otra. El niño debe amar á su madre ántes de saber que debe amarla. Si la voz de la sangre no se fortifica por el hábito y los cuidados, se estingue en los primeros años, y muere el corazon, por decirlo asi, ántes de nacer. Vednos, pues, apartados de la naturaleza desde el primer paso.

 Tambien sale una muger por un camino opuesto, cuando en vez de desatender los cuidados de madre los lleva al esceso, haciendo un ídolo de su hijo, acrecentando y alimentando su debilidad para impedirle que la sienta, y con la esperanza de sustraerle á las leyes de la naturaleza aparta de él todo choque penoso, sin reflexionar cuantos accidentes y peligros acumula sobre su cabeza para lo futuro, por algunas incomodidades de que por el momento la preserva, y cuan bárbara precaucion es la de dilatar la debilidad de la infancia bajo las fatigas de los hombres hechos. Tetis, para hacer invulnerable

rable á su hijo, le sumergió, segun cuenta la fábula, en la laguna Estigia. Esta alegoría es tan bella como clara. Las madres crueles de que hablo, obran de otro modo; á fuerza de sumir á sus hijos en la molicie, les preparan á padecer: abren sus poros á los males de toda especie, de que no podrán menos de adolecer cuando sean mayores.  Todo el órden moral depende de la obligación de las madres á criar sus hijos. ¿Quereis hacer entrar á cada uno en su deber? pues, principiad por las madres, y os admiréis de las alteraciones que produzcais. De esta primera depravacion proviene sucesivamente todo: se altera todo órden moral: se estingue el buen natural en todos los corazones: lo interior de las casas pierde su aspecto de vida: el tierno espectáculo de una naciente familia no inspira afecto á los maridos ni atenciones con los estrangeros: la madre que no vé á menudo á sus hijos es menos respetada: no estrecha la costumbre los vínculos de la sangre: no hay padres, ni madres, ni hermanos, ni hermanas; apénas se conocen todos. ¿Como se han de amar? Cuando la casa no es otra cosa que una triste soledad, es forzoso ir á divertirse á otra parte.

 Pero dignense las madres criar á sus hijos y las costumbres van á reformarse por sí mismas, y á dispertarse los sentimientos de la naturaleza en todos los corazones: el estado va á repoblarse: este primer punto, este solo punto va á reunirlo todo. El mejor contraveneno contra las malas costumbres es el atractivo de la vida doméstica. Se hace agradable la bulla de los niños que se cree inoportuna, haciendo mas necesarios al padre y á la madre, y que estos se amen mas uno á otro, estrechando entre ámbos el lazo conyugal. Cuando es viva y animada la familia, los cuidados domésticos forman la mas amable ocupacion de la muger y la mas dulce diversion del marido. Asi, de corregir este solo abuso resultaria muy luego una reforma general: muy pronto se veria reintegrada la naturaleza en todos sus derechos. Que una vez empiecen las mugeres á ser madres, y muy luego empezarán á ser padres y maridos los hombres.