Pensamientos (Rousseau 1824): 38

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ADOLESCENCIA.


 Dos veces nacemos, por decirlo asi: una para existir, y otra para vivir; una para la especie, y la otra para el sexo. Sin duda yerran los que tienen á la muger por un hombre imperfecto; pero la analogía esterior está por ellos. Los niños de ámbos sexos ninguna apariencia que los distinga tienen hasta la edad nubil: el mismo rostro, la misma figura, el mismo color, la misma voz; en todo son iguales: las niñas son criaturas como los niños, y este mismo nombre basta para calificar á seres tan semejantes. Los varones en quienes se impide el desarrollo ulterior del sexo, conservan toda su vida esta conformidad, y siempre son niños grandes; y las mugeres que no la pierden, parecen bajo muchos aspectos no ser jamas otra cosa.

 Pero generalmente el hombre no está destinado á permanecer en la infancia. Sale de ella al tiempo prescrito por la naturaleza, y este momento de crisis, aunque bien corto, tiene influencias muy largas.

 Asi como el bramido del mar precede de lejos á la tempestad, asi esta tempestuosa revolucion se anuncia por el murmullo de las nacientes pasiones. Una sorda fermentacion avisa de que el peligro se acerca. Mudanza en el genio, frecuentes enfados, una continua agitacion de ánimo, hacen casi indisciplinable al niño: se hace sordo á la voz á que ántes era dócil; es un leon con la calentura. A los signos morales de un genio que se altera se unen mudanzas sensibles en su figura. Se desenvuelve su fisonomía, y se imprime en ella un carácter: el vello suave que crece bajo sus mejillas pardea y toma consistencia: muda su voz, ó mas bien la pierde: no es niño ni hombre, y no puede tomar el tono de ninguno de los dos. Sus ojos, los órganos del alma, que hasta aquí nada han dicho, adquieren lenguage y espresion: un fuego naciente los anima; sus miradas mas vivas tienen todavía una santa inocencia, pero no su primera simplicidad:

siente ya que pueden decir demasiado: principia á saber bajarlos y á sonrojarse: se hace sensible ántes de saber lo que siente: está inquieto sin motivo. Todo esto puede venir lentamente y dejaros todavía tiempo; pero si su vivacidad se hace demasiado impaciente, si su arrebato se convierte en furia, si de un instante á otro se irrita y se enternece, si vierte lágrimas sin motivo, si cerca de los objetos que empiezan á ser peligrosos para él, se agita su pulso y sus ojos se inflaman, si la mano de una muger puesta sobre la suya le hace estremecer, si se turba ó se intimida cerca de ella, ¡Ulises, sabio Ulises! guardate; las odres que cerrabas con tanto cuidado estan abiertas, y los vientos desencadenados; no dejes un momento el timon, ó eres perdido.

 Siempre es mas temprana la pubertad y la potencia del sexo en los pueblos instruidos y civilizados, que entre los ignorantes y bárbaros. Los niños tienen una singular sagacidad para descubrir, ó por mejor decir, penetrar por medio de los melindres de la decencia, las malas costumbres que cubre. El apurado lenguage que se les dicta, las lecciones de honestidad que se les dan, el

velo del misterio que se afecta correr ante sus ojos, son otros tantos aguijones para su curiosidad.

 Las instrucciones de la naturaleza son tardías y lentas; las de los hombres casi siempre son prematuras. En el primer caso, los sentidos despiertan á la imaginacion: en el segundo, la imaginacion despierta a los sentidos, les da una actividad precoz que no puede menos de enervar, de debilitar en un principio á los individuos, y á la larga á la misma especie.

 El primer sentimiento de que es susceptible un jóven cuidadosamente educado, no es el amor, es la amistad. El primer acto de su naciente imaginacion es enseñarle que tiene semejantes, y la especie hace impresion en él ántes que el sexo.

 Siempre he visto que los jóvenes corrompidos desde muy temprano, abandonados á las mugeres y á la disolucion, eran inhumanos y crueles: la fogosidad de su temperamento les hacia impacientes, vengativos y furiosos; llena su imaginacion de un solo objeto, se negaba á todo lo demas; no conocían ni piedad ni misericordia: habrian sacrificado padre, madre, el universo entero al menor

de sus placeres. Por el contrario, á un jóven educado en una feliz sencillez, le incitan los primeros movimientos de la naturaleza á las pasiones tiernas y afectuosas: su corazon compasivo se conmueve por las penas de sus semejantes; se estremece de alegria cuando vuelve á ver á su compañero; sus ojos saben verter lágrimas de ternura; es sensible á la vergüenza de desagradar, y al dolor de haber ofendido. Si el ardor de una sangre que se inflama le hace vivo, arrebatado y colérico, un momento despues se vé toda la bondad de su corazon en la efusion de su arrepentimiento; llora, gime sobre la herida que ha hecho, y querria al precio de su sangre rescatar la que ha vertido: todo su arrebato se estingue, toda su fiereza se humilla ante la conciencia de su furor; si él es el ofendido, le desarma una sola palabra: perdona los agravios que le hacen, de tan buena gana como repara los suyos. No es la adolescencia la edad de la venganza ni del odio, es la de la conmiseracion, de la clemencia, de la generosidad. Sí, lo sostengo, y no temo ser desmentido por la esperiencia: un niño que no es de mala índole, y que ha, conservado su inocencia hasta veinte años, es á esta edad el mas generoso, el mejor, el mas amante, y el mas amable de los hombres.

 Introducid en el mundo á un jóven de veinte años; bien dirigido, será en un año mas amable y mas juiciosamente cortés que el que haya sido educado en él desde su infancia; porque siendo el primero capaz de conocer los motivos de todos los procedimientos relativos á la edad, al estado, al sexo, que constituyen este uso, puede reducirlos á principios, y estenderlos á los casos imprevistos: en vez de que el otro no teniendo otra regla que su práctica, se halla perplejo tan pronto como sale de ella. Todas las señoritas francesas se educan en los conventos ó en los colegios hasta que se casan. ¿Y se echa de ver que las cueste entónces trabajo tomar unos modales que las son tan nuevos? ¿Y se acusará á las mugeres de Paris de no tener desenvoltura ni gracia, ó de ignorar el arte del mundo, por no haber sido criadas en él desde su infancia? Esta preocupacion nace de las mismas gentes de mundo, que no conociendo nada mas importante que esta mezquina ciencia, se imaginan falsamente que nunca es demasiado

temprano para adquirirla. Es verdad que tampoco se ha de aguardar á muy tarde; cualquiera que ha pasado toda su juventud lejos del gran mundo, tiene en él todo el resto de su vida un aire embarazado y violento: dice siempre cosas fuera del caso; sus modales son pesados y sin maña, que jamas borra el hábito de vivir en él, ántes por el contrario se hace mas ridículo por el mismo esfuerzo que hace para no serlo.  ¡Cuantas precauciones deben tomarse con un jóven de buena índole, ántes de esponerle á las costumbres del siglo! Estas precauciones son penosas, pero indispensables; la negligencia en este punto pierde á la juventud; los hombres degeneran por el desórden de la primera edad, haciendose lo que son en el día: viles y cobardes aun en sus mismos vicios, solo tienen pequeñez de alma, porque consumidos sus cuerpos, se han estragado desde muy temprano, y apénas les queda bastante aliento para moverse; sus pensamientos sutiles manifiestan espíritu sin talento; nada de grande y noble saben sentir, no tienen sinceridad ni vigor. Despreciables en todo, y malos con bajeza, son únicamente vanos, bribones y falsos; ni aun tienen bastante valor para ser grandes malvados.