Pensamientos (Rousseau 1824): 39

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RETRATO Y CARACTER DE EMILIO,
Ó DEL DISCÍPULO DE J.-J. ROUSSEAU, A LA EDAD DE DIEZ Ó DOCE AÑOS.


 Su figura, su semblante y su continente anuncian la seguridad y el contento: la salud brilla sobre su rostro; sus firmes pasos le dan un aspecto de vigor; su color delicado aun, sin carecer de viveza, nada tiene de una molicie afeminada; el aire y el sol han impreso ya en él la honrosa marca de su sexo; sus músculos aun ocultos empiezan á manifestar algunos rasgos de una naciente fisonomía: sus ojos á los cuales no anima todavía el fuego del sentimiento, tienen á lo menos toda su nativa serenidad; no los han oscurecido aun largas tristezas, ni llantos eternos han surcado sus mejillas. Contemplad en sus movimientos prontos, pero seguros, la vivacidad de su edad, la entereza de la independencia, y la esperiencia de multiplicados ejercicios. Tiene la presencia despejada y libre, pero no insolente ni vana; su rostro, que jamas se pegó á los libros, no se deja caer sobre su pecho; no hay necesidad de decirle, alza la cabeza; jamas la vergüenza ni el miedo se la hiciéron bajar.

 Demosle lugar en medio de la asamblea: examinadle, señores, preguntadle con toda confianza; no temais ni su impertinencia, ni su charlatanería, ni sus indiscretas cuestiones; no temais que se apodere de vosotros, que pretenda que os ocupeis solamente de él, y que no podais quitaroslo de encima.

 No espereis tampoco agradables discursos, ni que os diga lo que yo le haya dictado: no espereis otra cosa que la verdad ingenua y sencilla, sin adorno, sin aparato y sin vanidad; os dirá lo malo que ha hecho, ó lo que piensa hacer, con tanta franqueza como lo bueno, sin curarse de ninguna manera del efecto que haga sobre vosotros lo que dijere; y usará de la palabra con toda la sencillez de su primera institucion.

 Gustamos de pronosticar bien de los niños, y nos dolemos del flujo de necedades que casi siempre viene á trastornar las esperanzas que quisiéramos fundar sobre alguna feliz ocurrencia que por casualidad

les viene á la boca. Si rara vez da el mio semejantes esperanzas, nunca causará este sentimiento, porque jamas dice una palabra inútil, ni se apura por hablar de lo que no sabe, ni se le escucha. Sus ideas son cortas, pero limpias; si nada sabe de memoria, sabe mucho por esperiencia; si no lee tan bien como otro niño en nuestros libros, lee mejor en el de la naturaleza; no está su entendimiento en su lengua, sino en su cabeza; tiene menos memoria que discernimiento y solo sabe hablar un idioma, pero entiende lo que dice; y si no habla tan bien como hablan los otros, en recompensa obra mejor que los otros obran.

 No sabe lo que es práctica, uso, hábito; lo que hizo ayer no influye en lo que hace hoy; jamas sigue formulario: no cede á la autoridad ni al ejemplo, ni habla ni obra sino como le conviene. Por lo tanto, no espereis de él discursos estudiados, ni modales afectados, sino siempre la fiel espresion de sus ideas, y la conducta que nace de sus inclinaciones.

 Hallais en él un corto número de nociones morales que se refieren á su estado actual, y ninguna acerca del estado relativo á los hombres. ¿Y de que le servirian, puesto que un niño no es aun miembro activo de la sociedad? Habladle de libertad, de propiedad, y aun de recíproca conveniencia; hasta ahí puede saber: sabe por que lo suyo es suyo, y por que no lo es lo ageno; pero pasad de aquí, y ya nada sabe. Habladle de obligacion y de obediencia, y no sabe lo que quereis decirle; mandadle alguna cosa, y no os entenderá; pero decidle: «si me haceis tal favor, tal placer, os lo volveré en cualquiera ocasion que se ofrezca,» y al punto se apresurará á complaceros, porque no desea mas que entender su dominio, y adquirir sobre vosotros derechos que sabe ser inviolables: quizá no le disgusta ocupar un puesto, hacer de hombre, y que se le tenga por algo; pero si tiene este último motivo, vedle aquí ya echado fuera de la naturaleza, y no habeis cerrado bien de antemano todas las puertas de la vanidad.

 Si él por su parte tiene necesidad de algun auxilio, le pedirá indiferentemente al primero que encuentre; le pedirá al rey lo mismo que á su lacayo: los hombres todos son aun iguales á sus ojos; en el tono con que suplica, veis que conoce que nada se le debe;

sabe que lo que pide es un favor, pero sabe tambien que la humanidad inclina á concederselo: sus espresiones son sencillas y lacónicas: su voz, su mirar, su ademan, son los de un ser acostumbrado igualmente á la concesion y á la negativa; no es la baja y servil sumision de un esclavo, ni el acento imperioso de un amo; es una modesta confianza en su semejante, es la noble é insinuante dulzura de un ser libre, pero sensible y débil, la que implora el auxilio de un ser libre, pero fuerte y bienhechor. Si le concedeis lo que os pide, no os dará gracias, pero conocerá que ha contraido una deuda: si se lo negais, no se quejará, porque sabe que esto seria inútil; no se dirá á sí mismo: sé me ha negado; pero sí dirá: no podia ser; nadie se enoja contra la necesidad bien conocida.

 Dejadle solo en libertad; vedle obrar sin decirle nada; contemplad lo que hará y como se gobernará. No necesitando convencerse de que es libre, jamas hace nada por atolondramiento, y sí únicamente por hacer un acto de poder sobre sí mismo. ¿No sabe que siempre es dueño de sus acciones? Está alerta, pronto, dispuesto: sus movimientos tienen toda la viveza de su edad, pero no veis ninguno

en él en que no se proponga un fin. Cualquiera que sea la cosa que quiere hacer, jamas emprenderá nada que sea superior á sus fuerzas, porque las tiene bien esperimentadas y las conoce: sus medios son siempre adecuados á sus planes, y raramente obrará sin estar seguro del feliz éxito de lo que pretende. Sus ojos tendrán atencion y discernimiento; no irá neciamente preguntando á los demas acerca de lo que vé, sino que lo examinará por sí mismo, y se fatigará por hallar lo que quiere aprender ántes de pedirlo. Si se halla en un apuro, se turbará menos que otro; y si hay peligro, tambien se asustará menos. Como su imaginacion está todavía sin ejercitarse, y nada se ha hecho para animarla, no vé las cosas sino como son en sí; no estima los peligros en mas de lo que valen, y conserva siempre su serenidad. Frecuentemente se agrava sobre él la necesidad para que aun choque contra ella: desde su nacimiento lleva su yugo, y por lo mismo vedle bien acostumbrado á él; en fin, está siempre dispuesto á todo.

 Bien se ocupe ó se divierta, una y otra cosa es igual para él: sus juegos son sus ocupaciones, y no conoce entre ámbas cosas

diferencia alguna. Toma en todo lo que hace un interes que hace reir, y una libertad que agrada, mostrando á un mismo tiempo la forma de su inteligencia y la esfera de sus conocimientos. ¿No es el espectáculo de esta edad un espectáculo agradable y dulce, viendo á un lindo niño con ojos vivos y alegres, aspecto contento y sereno, la fisonomía despejada y risueña, hacer jugando las cosas mas serias, ú ocupado profundamente de los mas frivolos entretenimientos?

 ¿Quereis abora juzgarle por comparacion? pues, juntadle con otros niños, y dejadle obrar: bien pronto veréis cual está mas verdaderamente formado, y el que mas se acerca á la perfeccion, de su edad. Ninguno es mas ágil que él entre los muchachos de la ciudad; pero él es mas fuerte que ningun otro: á los lugareños los iguala en fuerza, y les escede en habilidad. Juzga, razona y prevee mejor que todos ellos en todo lo que está al alcance de la niñez. ¿Se trata de ejercitarse, correr, saltar, mover cuerpos, levantar masas, valuar distancias, inventar juegos, y ganar premios? Se diría que tiene á sus órdenes la naturaleza: tal es la facilidad con que hace que todo ceda á su voluntad.

Su destino es guiar y gobernar á sus iguales: el talento y la esperiencia equivalen para él al derecho y á la autoridad. Dadle el vestido y el nombre que os acomode, poco importa: tendrá la primacía por todas partes; será el gefe de los demas, que reconocerán siempre su superioridad: sin querer mandar, será el amo; sin creer que le obedecen, será obedecido.

 Ha llegado á la madurez de la infancia: ha vivido vida de un niño: no ha comprado su perfeccion á costa de su felicidad: por el contrario, ha contribuido una á otra. Adquiriendo toda la razon de su edad, ha sido feliz, y libre en cuanto su constitucion le permitía serlo. Si la parca fatal viene á segar en él la flor de nuestras esperanzas, no tenemos que llorar á un tiempo su vida y su muerte: no agravarémos nuestro dolor con la memoria del que le hayamos causado: dirémos: á lo menos ha gozado de su infancia: nada le hemos hecho perder de lo que le había dado la naturaleza.