Primera casa

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Este texto ha sido incluido en la colección Textos póstumos de Felisberto Hernández
Compilado de relatos, no agrupados en libros, revisados por la Fundación Felisberto Hernández en colaboración con Creative Commons Uruguay
Primera casa

Primera casa
de Felisberto Hernández


En Atahualpa. Allí nací y tengo recuerdos desde un poco antes de los tres años. Uno de ellos casi lo perdí del todo: era un caballo y un tío abuelo. Los veía próximos uno al otro y no sé bien si entre ellos mediaba un maneador o un freno. Los recordé más o menos claramente hasta hace pocos años. Se me acercaban antes de dormir y me acostumbré a recordarlos en alguna época de la adolescencia. A veces hacía esfuerzos para atraerlos. Los repasé mucho hasta que se gastaron o se cambiaron demasiado. Cuando me esforzaba era peor. Sin embargo hubo algunas veces que buscándoles, tentando con otro caballo cualquiera la simpatía de aquella primera visión, poniéndolo en la imaginación en distintas posiciones para ver si volvían, resultaba que el caballo se movía. Después el recuerdo fue más fugaz, borroso, diferente y yo dejé de perseguir su rastro. Pero alguna otra vez debo haber cruzado o pasado cerca de ese rastro y debo haber sentido un desvanecido matiz de angustia.

En un galpón, mi abuela que es gorda, está agachada y saca vino de una pipa. Parece que es la primera vez que van a tomar vino de una pipa; hay algo de cosa que se inaugura, y por allí deben entrar y salir, sin yo saber ni ver bien dónde están, mi padre, mi madre y mi abuelo. Pero siempre alguno cruza por el cuadro de luz que entra por la puerta y que está echado en el piso de tierra. No sé bien si es la luz o la sombra que se sube por los pantalones o las polleras cuando cruzan. Pero sé que se levanta un poco de polvo en pequeñas nubes de puntitos que se mueven en la luz.

El patio está lleno de sol. Estoy subido en una carretilla de mano que en aquel momento es “mi carro”. Mi madre, que tiene un pañuelo blanco en la cabeza y que le cubre casi toda la cara, trata de acomodarme “los caballos”, cuyas crines son de color amarillo pajizo porque yo quiero que las escobas estén invertidas. Como es muy difícil colocar aquellos caballos en aquel carro, mi madre me ha puesto de espaldas a la rueda y ata las escobas en una cuerdita que va de una vara a otra. Lloro con gritos estridentes y con la más enconada y angustiosa rabia.

Mi casa es de material. Al lado hay un ranchito en el que viven no sé qué parientes. La China, prima lejana de mi madre, me ha llevado a comer al ranchito y me dan hígado de gallina. De pronto me quedo rojo, después morado y no articulo palabra. Tengo la boca abierta y hago una fuerza terrible. Creen que me ahogo. Es sencillamente que no me gusta el hígado de gallina.

Entre mi casa y el gran campo que da al fondo hay alambre tejido. El alambre tiene debajo un agujero por donde se puede pasar. Junto al agujero hay una zanja que para mí es grande. Paso mucho rato entretenido en el esfuerzo de salvar esos obstáculos. Me pongo en todas posiciones. Debo conversar solo y exhalar ayes y quejidos mientras me doy vueltas en la zanja y mientra ensayo meter en el agujero, primero la cabeza o los pies. Me debo revolcar la cabeza barriendo la tierra con el pelo cuando me toca ensayar de entrar primero con los pies. Me parece que algunas veces alguien me viene a ayudar. Pero, sin embargo, estando yo solo ¿por qué es que un día me cuesta mucho, otro día poco y otro mucho, de nuevo? ¿Por qué esa diferencia en el esfuerzo y en días distintos?

Vengo a mostrarle a mi madre el dedo índice señalando para abajo. Lo he metido en un hormiguero y lo traigo lleno de hormigas negras. Mi madre grita pero a mí no me duele.